La consciencia: ¿Dónde está?

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¿Dónde se encuentra la consciencia? Quizá estábamos buscando en el lugar equivocado

Niño con un mono en el espejo, de Tommaso Salini h. 1620. Solo al mono se le ofrece el espejo del autorreconocimiento; las gallinas, el pavo y los patos de la escena quedan fuera de ese juego -como si solo pudiéramos imaginar la consciencia en lo que más se nos parece.
CC BY

(Autoría: Saúl Sal Sarria, Universidad de Oviedo)

En los cuentos humorísticos de Nasrudín –un antihéroe del folclore sufí–, el protagonista busca una llave recién perdida bajo un poste de luz. Cuando le preguntan si la extravió ahí responde que no, pero que es ahí donde hay más luz para buscarla. Algo similar ha ocurrido, sin saberlo, en la búsqueda de la consciencia. Esta es una de las preguntas sobre las que más ríos de tinta han corrido en la historia de la ciencia. De hecho, se remonta a tiempos inmemoriales.

En la antigua Grecia, Empédocles y Aristóteles fueron “cardiocentristas”: creían que del corazón surgía el alma. A pesar de que Alcmeón de Crotona, un par de siglos antes, había sido de los primeros en situar su origen en el cerebro, tardaríamos siglos en tomárnoslo en serio.

Tiempo después, la doctrina medieval repartió la mente entre los ventrículos cerebrales. Para Descartes, el alma se hallaba en la glándula pineal, una pequeña glándula endocrina situada dentro del cerebro. Entre los siglos XVIII y XIX, Franz Joseph Gall y Jean Pierre Flourens descartaron las teorías ventriculares y propusieron la corteza como principal hipótesis.

No mucho después, Paul Broca y Carl Wernicke localizaron algo tan nuestro como el lenguaje en la corteza cerebral. Aquel parecía un buen lugar en el que buscar la consciencia humana: un área sobredesarrollada que nos distingue anatómicamente del resto de seres vivos inteligentes. Es un área más sofisticada y especializada, cuyo desarrollo evolutivo y embrionario es tardío. ¿Cómo no iba a ser este el origen de aquello que nos hace diferentes al resto? ¿Cómo no íbamos a buscar donde es más fácil ver lo que tenemos delante?

Franz Joseph Gall dirigiendo un debate sobre frenología con cinco colegas, rodeado de su extensa colección de cráneos y cabezas.
Gall palpaba el cráneo porque creía que, al moldearse sobre el cerebro durante su desarrollo, sus protuberancias revelaban el tamaño de cada órgano cortical -y, con él, la fuerza de la facultad mental correspondiente.
CC BY

La ciencia no siempre sigue los caminos regios

En épocas más recientes, diversos investigadores nos han ofrecido nuevos descubrimientos e interpretaciones heterodoxas de los ya existentes que apuntan a que, quizá, no perdimos las llaves donde nos gustaría encontrarlas. Quizá las perdimos en un sitio más oscuro y menos transitado.

Jaak Panksepp (1943-2017) llevaba décadas insistiendo en algo incómodo para la neurociencia cognitiva: que lo emocional no nace en la corteza, sino en circuitos mucho más antiguos del tronco encefálico. En particular, según el investigador, en una estrecha franja de sustancia gris que rodea el acueducto cerebral llamada sustancia gris periacueductal.

Mark Solms ha llevado esa intuición un paso más allá, ligándola al sistema activador reticular ascendente. Se trata del mismo que sostiene la vigilia, según se describió en 1949.

Para Solms, el afecto es la forma más primitiva –y paradójicamente, más segura– de nuestra consciencia. Porque no depende de pensar, recordar, ni hablar. Depende solo de sentir. Y el sentir surge mucho más abajo y mucho más atrás de lo que la farola cortical nos dejaba ver.

Los niños sin corteza también sienten

La evidencia más incómoda y hermosa viene de niños con hidranencefalia. Estos nacen prácticamente sin corteza cerebral: en lugar de hemisferios, el líquido cefalorraquídeo ocupa gran parte del cráneo.

Durante décadas se les describió como en “estado vegetativo permanente”. Pero en 2007, el neurocientífico Björn Merker documentó algo que sus familias ya sospechaban: estos niños están despiertos. Sonríen cuando juegan con sus cuidadores, se calman con su voz, lloran cuando algo les duele. No razonan, no recuerdan, no hablan. Sin embargo, a juzgar por su comportamiento, sienten. Si eso es cierto, la corteza, esa que nos gustaba pensar como la sede de lo que nos hace excepcionales, podría no ser la fuente de la experiencia, sino solo un sofisticado decorado.

Un bebé con hidranencefalia; la luz que atraviesa el cráneo pone de manifiesto la ausencia de prosencéfalo.
Dimitri Agamanolis

No somos tan únicos

Aquí la farola se apaga del todo. Las estructuras del tronco encefálico que sostienen ese sentir básico no son patrimonio humano. Son de las partes más antiguas y mejor conservadas evolutivamente de todo el sistema nervioso central, compartidas por el resto de los vertebrados: aves, reptiles, anfibios y peces.

En 2012 quedó por escrito en la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia: los humanos no somos los únicos poseedores de los sustratos neurológicos que generan consciencia. Si la llave nunca estuvo en la corteza, quizá la luz no solo nos ilumine a nosotros. ¿Cuándo decidimos que solo lo nuestro contaba como estar despierto?

Si el sustrato de la consciencia no es la corteza sino un sistema troncoencefálico que se forma mucho antes en la gestación, entonces quizá empezamos a sentir –en algún sentido primitivo– mucho antes de lo que asumíamos. Es la pregunta que hemos explorado en un trabajo reciente.

Preguntas que parecían resueltas vuelven a estar abiertas, con consecuencias aún por explorar. Nasrudín no encontró la llave bajo la farola. Quizá nosotros tampoco encontremos la consciencia en la corteza, esa lámpara que hace tan fácil mirar y nos halaga cuando la usamos. Puede que la llave siga ahí, esperando, en la parte más antigua y sombría del cerebro. Aquella que compartimos, sin saberlo, con casi todo lo que respira.


Este artículo se publicó inicialmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.The Conversation
Saúl Sal Sarria, es Investigador Postdoctoral en Neurociencias, Universidad de Oviedo
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.


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Comentarios

9 respuestas a «La consciencia: ¿Dónde está?»

  1. Avatar de Francesc Puigcarbó

    Impressionant, o sigui que els animals tenen en certa manera consciència?. L’article ens aboca a una nova manera d’entendre la nostra consciència i la dels animals, que a mesura que la ciència va avançant ens uneix més a ells com a iguals, i a la vegada ens allunya de la IA, que no sembla sigui capaç d’arribar a tenir consciència, almenys consciència com s’entén en aquest article.

    1. Avatar de Ricard Pardo

      Desde mi punto de vista -que no pretende ni piensa tener certeza- toda esa palabrería sobre la posibilidad de que la IA, sea autoconsciente (tener consciencia), seguramente viene porque aún no nos hemos puesto de acuerdo y/o profundizado suficientemente sobre qué es y qué la hace posible. Hay una cosa muy evidente y que debería mover a reflexión a los gurus de la IA consciente:
      A los seres complejos (mas allá de unicelulares) les llevó la friolera de unos 3.000 millones de años llegar hasta especies con un atisbo (muy mínimo) de consciencia y unos mil millones más, llegar hasta el ser humano que ya la tiene.

  2. Avatar de Fackel
    Fackel

    A ve si la conciencia es como Dios, por ejemplo, que se les cita tanto pero no aparece su ubicación por ninguna parte…

    1. Avatar de Ricard Pardo

      Por bien que en determinados entornos, se quiere cuestionar y confundir los términos, parto de la base de conciencia y consciencia no son la misma cosa, ni por asomo. Así que la cuestión de conciencia versus dios, ni siquiera me interesa.

  3. Avatar de miquelcartisano
    miquelcartisano

    el protagonista busca una llave recién perdida bajo un poste de luz. Cuando le preguntan si la extravió ahí responde que no, pero que es ahí donde hay más luz para buscarla. ..

    De lo mejor que he leído ¡

    Sobre la conciencia poco puedo decir, porque de ciencia estoy pez, pero si me remonto a lo intangible me vienen a la memoria las palabras de un antiguo profe: » la conciencia es la suma de tu libertad y de tu responsabilidad, eres libre para hacer lo que te venga en gana, pero has de ser conciente de ello».

    Un saludo

    1. Avatar de Ricard Pardo

      Conviene no confundir conciencia con consciencia. Tu antiguo profe hablaba de conciencia sobre la que podríamos decir que es una consideración ética o moral y que más bien atañe al comportamiento. La consciencia es otra cosa. Se trata de una facultad que hasta hace poco solo atribuíamos al ser humano y que consiste en la posibilidad (facultad) de reconocerse así mismo como individuo y de la cual derivan otras posibilidades como el reconocimiento del otro y una perfección (que no tiene por ejemplo otros animales sociales -hormigas-abejas, etc.) de ser poco, o muy sociales por decisión propia.

  4. Avatar de miquelcartisano
    miquelcartisano

    Gracias

  5. Avatar de Juan López Trujillo

    Si como aseguras en tu contestación a «miquelcartisano» la consciencia es la posibilidad de reconocerse a sí mismo como individuo, el reconocimiento del otro, o ser poco sociales por decisión propia, me imagino que algunos políticos, no entran en lo conocido como consciente.

    1. Avatar de Ricard Pardo

      Posibilidad o capacidad, no asegura un comportamiento ético concreto. Y el reconocerse así mismo, como facultad no exime de reconocerse en demasía lo que resulta en un «ego» hipertrofiado, inflado y maximizado. Me temo que los políticos en general, son demasiado conscientes de sí mismo, al punto que no ven al otro.

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