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  • Consciencia y medicina china

    Lo que la medicina tradicional china puede enseñarnos sobre la “consciencia sana”

    A middle-aged Asian woman with her arms outstretched and a happy expressionChay_Tee/Shutterstock

    Autoría: Antonio Martín, Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón IiSGM ; Universidad Nebrija

    Hoy en día, la neurociencia considera la conciencia como un mecanismo que está encerrado en el cerebro, como algo que nos permite ser conscientes de información que, de otro modo, sería inconsciente. Esta visión se sustenta en una suposición: que la conciencia es un mecanismo autónomo y autosuficiente, una entidad oculta a la espera de ser localizada y explicada.

    Mi propia investigación siguió inicialmente esta línea de pensamiento, considerando la conciencia como un programa cognitivo creado por áreas concretas del cerebro humano. Sin embargo, el problema de concebir la conciencia como algo tangible es que, en realidad, no podemos “ubicarla”.

    Los investigadores han bautizado esto como el “problema difícil de la conciencia”: ¿cómo es posible que los mecanismos cerebrales físicos se experimenten subjetivamente en lugar de ser meramente inconscientes?

    La medicina tradicional china concibe la conciencia de una forma totalmente diferente. No la ve como un mecanismo o una entidad, sino como una “luz” que brilla cuando nuestro universo interior está en armonía.

    Según esta visión, la conciencia no puede localizarse, extraerse ni estudiarse de forma aislada, ya sea un cerebro en un laboratorio o un programa en un ordenador. En cambio, se asemeja más a una cualidad que una persona puede poseer, similar a conceptos como la salud o la belleza. Al igual que la salud y la belleza, la conciencia puede aparecer y desaparecer, pero su luz brilla con mayor intensidad cuando todo el conjunto cuerpo-mente está en equilibrio.

    La conciencia en la China antigua

    Las primeras referencias al concepto de conciencia en China se remontan a hace aproximadamente 2 200 años, en el Canon Interno del Emperador Amarillo (黃帝內經; HuangDi NeiJing), que explica el concepto de lo sagrado que se manifiesta, conocido como luz espiritual (; Shen).

    A diferencia de la palabra china contemporánea para “conciencia” (意識; YiShi) –que está influenciada por el concepto de “atención” de la psicología cognitiva occidental–, el concepto tradicional se refiere a una fuerza misteriosa del universo presente en los seres vivos.

    Aunque se considera que la conciencia está coordinada por el corazón, esta surge de la armonía y la conexión de todos los órganos. No puede localizarse ni separarse de los procesos corporales. Por lo tanto, cuando la conciencia brilla con intensidad (神明; ShenMing), una persona encarna un estado óptimo de salud y sabiduría.

    En términos físicos, una conciencia sana se manifiesta no solo como vigilia, estado de alerta y capacidad de respuesta, sino también como ojos brillantes, claridad mental y una presencia consciente.

    Cinco personas haciendo ejercicio en un parqueActividades como el tai chi pueden ayudar a desarrollar una conciencia sana.
    Cheng Shi Song/Unsplash

    Por el contrario, cuando se rompe el equilibrio, la conciencia ilumina un campo más reducido y surgen perturbaciones. En la medicina tradicional china, las perturbaciones y la falta de armonía se producen cuando se pierde el equilibrio natural entre los órganos, como el corazón y el hígado.

    Las consecuencias son la falta de atención o la indiferencia hacia el entorno, trastornos del sueño, falta de creatividad o de sentido en la vida, sensación de irrealidad, ansiedad, impulsividad, aislamiento social, dolor de cabeza y fatiga.

    Esto conduce, en última instancia, a la “enfermedad del espíritu y la mente” (神志病; ShenZhiBing), un estado que se corresponde con el concepto occidental de mala salud mental o enfermedad mental.

    Conciencia y salud mental

    Tanto en la tradición occidental como en la tradicional china, la salud mental puede definirse, en términos generales, como un “estado de bienestar que permite a las personas hacer frente al estrés normal de la vida y desenvolverse de forma productiva”. La gran diferencia radica en dónde se sitúa ese “bienestar”. En las tradiciones occidentales, la salud mental está regida principalmente por la mente. En la medicina tradicional china, una conciencia sana surge de la armonía entre el cuerpo y la mente en su conjunto.

    Las tradiciones chinas pueden, por lo tanto, enseñarnos cómo proteger la salud de nuestra conciencia a través de una serie de enfoques holísticos diferentes. Muchas de estas prácticas ya le resultarán familiares. Pueden adoptar la forma de actividades como la meditación, la atención plena o el yoga, o de hábitos cotidianos como la alimentación y el sueño.

    Cualquiera que haya viajado a China y haya paseado por un parque se habrá sorprendido al ver a tanta gente, sobre todo personas mayores, practicando tai chi en grupo. El tai chi es un arte marcial antiguo que combina movimientos lentos y fluidos con respiración profunda y concentración mental. Su práctica ha demostrado ser muy prometedora para mejorar el equilibrio, reducir el estrés y fortalecer el cuerpo sin impactos.

    En lo que respecta al sueño, las sociedades modernas chinas y occidentales tienen problemas similares, especialmente en nuestra era actual de teléfonos inteligentes e hiperconectividad. Sin embargo, China está recurriendo a su antigua visión tradicional de la salud mente-cuerpo y se está esforzando por desarrollar políticas que promuevan activamente la salud del sueño.

    Dar prioridad al sueño mediante prácticas como una adecuada higiene del sueño protege directamente tanto nuestra salud física como mental. En concreto, protege contra las enfermedades cardíacas y potencia nuestras capacidades cognitivas.

    Todos podemos aprender mucho de la antigua concepción china de la conciencia, que considera la mente y el cuerpo como un todo inseparable y creó actividades que reflejan esta idea.

    Aunque muchos de nosotros practicamos habitualmente actividades de atención plena –ya sea tai chi, meditación, yoga u otras–, es importante recordar por qué existen estas prácticas en primer lugar. Lejos de limitarse a ejercitar o relajar el cuerpo o la mente, ofrecen una forma de unificar y armonizar todo nuestro ser, con el objetivo de fomentar una conciencia brillante y saludable.The Conversation

    Antonio Martín, Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Gregorio Marañón, Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón IiSGM ; Universidad Nebrija Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

  • ¿Qué secuelas deja la guerra en el cerebro de los niños?

    ¿Qué secuelas deja la guerra en el cerebro de los niños?

     

    Autoría: Guillermo Ceniza Bordallo,Universidad Complutense de Madrid, y José A. Morales García,Universidad Complutense de Madrid
    foto: Niños en  Jan Yunis, ciudad situada al sur de la Franja de Gaza. Anas-Mohammed/Shutterstock

    Desde Gaza hasta Ucrania o Sudán, los efectos de la guerra no solo se reflejan en los escombros y la destrucción, sino también en las mentes de quienes sufren el conflicto. Los niños y niñas expuestos a enfrentamientos armados sufren consecuencias que van más allá del momento bélico, dejando huellas profundas en su desarrollo físico, mental y social. Estas cicatrices pueden extenderse a lo largo de su vida e incluso transmitirse a generaciones futuras.

    Consecuencias en el desarrollo cerebral

    Se sabe que la exposición a experiencias traumáticas puede impactar de forma duradera en el desarrollo del sistema nervioso infantil. Durante los conflictos bélicos, los niños experimentan una serie de acontecimientos dolorosos como la violencia, la pérdida de seres queridos, la destrucción de sus hogares o la separación de sus familias y amigos. También son testigos del sufrimiento humano, muy especialmente el de su entorno cercano.

    Estas experiencias pueden provocar reacciones de estrés agudo como miedo, ansiedad, depresión y trastornos de estrés postraumático (TEPT). Se trata de alteraciones que permanecen aunque haya acabado la guerra, por lo que el impacto psicológico puede llegar a ser profundo y duradero.

    Y es que los primeros años de vida constituyen un período clave para la formación de los circuitos neuronales que regulan el estrés y las emociones. En esta etapa, la exposición prolongada a situaciones extremas puede afectar a procesos esenciales como la mielinización, que protege los axones y optimiza la comunicación entre neuronas, y reducir la densidad sináptica, lo que altera la forma en que las células nerviosas se conectan entre sí.

    Lo más preocupante es que estos cambios no se limitan a la infancia: el trauma temprano puede dejar una huella persistente, “programando” el cerebro para una mayor vulnerabilidad al estrés en la vida adulta.

    Más sensibles ante las situaciones estresantes

    Uno de los efectos más graves que sufre la población, y en especial la más joven, son las alteraciones en la salud mental. Un estudio reciente concluyó que hasta un 47 % de los niños expuestos a conflictos bélicos pueden desarrollar síntomas de TEPT.

    En la población infantil, el TEPT se presenta con pesadillas, flashbacks, ansiedad elevada y una sensación constante de peligro. Una de las áreas cerebrales más afectadas del sistema nervioso es la amígdala, encargada de procesar el miedo, las emociones y regular las respuestas al estrés. Esta región cerebral tiende a agrandarse y volverse hiperactiva si los niños han sufrido adversidades, haciendo que reaccionen de forma más intensa y frecuente ante situaciones estresantes. A la vez que esto sucede, se produce un impacto en el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal, una de las principales vías de control del estrés.

    El TEPT no solo provoca angustia, síntomas ansiosos y depresivos, sino que también puede afectar a la capacidad para concentrarse en la escuela, además de generar cambios en el comportamiento.

    Además, la exposición prolongada a la tensión (como la vivida en un conflicto bélico) aumenta la liberación continuada de hormonas del estrés como el cortisol. Estos niveles elevados y crónicos son tóxicos para el cerebro y pueden causar daños estructurales en el hipocampo (encargado de la memoria y de las emociones) y la corteza prefrontal (responsable del pensamiento lógico, la toma de decisiones, los juicios de valor y el autocontrol).

    Un deficiente desarrollo de esta última durante la niñez puede traducirse en mayores dificultades para regular las emociones y el comportamiento, también en la edad adulta. Entre sus principales consecuencias destaca la incapacidad para establecer relaciones interpersonales saludables: muchos niños con TEPT evitan situaciones que les recuerden el trauma y los eventos vividos, lo que puede llevar a aislamiento social y dificultades en la adaptación escolar.

    Problemas de concentración

    Los menores afectados pueden tener serias dificultades para concentrarse en la escuela, ya que cualquier ruido fuerte o imagen puede recordarles los momentos de miedo y peligro que vivieron, generando una sensación constante de inseguridad. Esto entorpece su aprendizaje y dificulta su capacidad para hacer amigos y confiar en los adultos.

    En algunos casos, la hipervigilancia provocada por el trauma los lleva a desarrollar conductas impulsivas o agresivas como mecanismo de defensa. Además, crecer en un entorno marcado por la violencia aumenta el riesgo de repetir patrones agresivos en la vida adulta o de tener dificultades para establecer relaciones sanas con los demás.

    Por otro lado, la exposición prolongada al estrés y situaciones traumáticas tiene efectos en varios sistemas vitales del cuerpo infantil. Varias investigaciones han demostrado que los niños que experimentan traumas severos pueden desarrollar alteraciones que contribuyen a la aparición de enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares en la adultez.

    Desarrollo de dolor crónico

    Por otra parte, los niños y niñas que han sufrido traumas fuertes pueden experimentar dolor sin que haya una causa médica clara, y este puede volverse crónico. Los científicos han descubierto que vivir situaciones de mucho miedo o estrés interfiere en el sistema nervioso, provocando que el cuerpo sienta dolor de manera más intensa.

    Como consecuencia de ello, los niños dejan de jugar, moverse o hacer sus actividades físicas con normalidad. Y además de limitar la movilidad, estos cambios pueden alterar el aprendizaje, llegando a afectar al desarrollo psicomotor. Y finalmente, al no poder participar en juegos o deportes, se sienten más aislados y con menos energía para aprender en la escuela, lo que también conlleva una reducción en su calidad de vida.

    Transmisión de generación a generación

    El impacto de la guerra no se detiene en quienes la vivieron directamente. Los hijos de personas que han sufrido conflictos armados tienen un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud mental, incluso sin haber experimentado el conflicto de primera mano. Esto se debe a la transmisión del trauma a través de patrones de crianza, estrés parental y factores genéticos.

    Un estudio publicado en 2018 encontró que los niños de padres que han sufrido una guerra tienen el doble de riesgo de desarrollar trastornos de ansiedad y depresión. Además, la exposición a entornos violentos puede generar un ciclo de violencia en el que las víctimas infantiles desarrollen actitudes agresivas o dificultades para establecer relaciones seguras y saludables en su vida adulta.

    Intervenciones rápidas

    A largo plazo, las alteraciones estructurales en el sistema nervioso que hemos visto pueden aumentar el riesgo de desarrollar trastornos como ansiedad, depresión o incluso enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer. Diversos trabajos han demostrado que los niños expuestos a entornos de violencia extrema presentan una menor densidad de materia gris en regiones clave para el procesamiento cognitivo.

    Aunque la ayuda psicológica puede mitigar algunos de estos efectos, revertirlos en la edad adulta es un desafío. Por ello, es fundamental minimizar la exposición de los niños a factores estresantes en esta etapa crítica del desarrollo.

    La guerra deja cicatrices en la infancia, afectando a su desarrollo físico, mental y social. Si bien el cerebro infantil es altamente plástico y tiene una gran capacidad de adaptación, esta recuperación depende en gran medida del apoyo que reciba.

    Sin una intervención adecuada, los efectos del trauma pueden persistir a lo largo de la vida e incluso, como hemos visto, transmitirse a futuras generaciones. Por ello, tras un conflicto bélico, es crucial actuar de inmediato. Intervenciones como el acceso a entornos seguros, atención psicológica especializada y rehabilitación psicosocial ayudan a mitigar parte de los efectos negativos.

    Invertir en el bienestar de los niños no solo es una cuestión de derechos humanos, sino una condición fundamental para construir sociedades más pacíficas y justas en el futuro.

    El artículo original es de Guillermo Ceniza Bordallo, Investigador postdoctoral en la Facultad de Enfermería, Fisioterapia y Podología. Universidad Complutense de Madrid, Universidad Complutense de Madrid y José A. Morales García, Investigador Científico en enfermedades neurodegenerativas y Profesor Titular de la Facultad de Medicina, Universidad Complutense de Madrid. Publicado originalmente en The Conversation.