Etiqueta: divulgación

  • A un pelo de desintegrarse.

    A un pelo de desintegrarse.

    Imagen en primer plano, con colores realzados, del cráter Stickney en Fobos.

    El cráter Stickney, el más grande de Fobos, la luna marciana, recibe su nombre de Chloe Angeline Stickney Hall, matemática y esposa del astrónomo Asaph Hall, el cual descubrió ambas lunas del Planeta Rojo en 1877. Con más de 9 kilómetros de diámetro, el cráter Stickney tiene casi la mitad del diámetro de Fobos, tan grande que el impacto que lo formó probablemente estuvo a punto de destrozar la pequeña luna. Como se suele decir, Marte estuvo a un pelo de quedarse sin su luna.
    Esta
    imagen en color realzado de Stickney y sus alrededores fue captada por la cámara HiRISE a bordo del Orbitador de Reconocimiento de Marte (Mars Reconnaissance Orbiter) cuando pasó a unos seis mil kilómetros de Fobos en marzo de 2008. Aunque la gravedad superficial de Fobos, similar a un asteroide, es menor que 1/1000 de la gravedad terrestre (una persona que pesara en la Tierra 80 kg., pesaría allí poco más de 80 gramos), las vetas sugieren que material suelto se deslizó dentro de las paredes del cráter de forma paulatina y a medida que transcurría el tiempo. Las regiones de color azul claro cerca del borde del cráter podrían indicar una superficie relativamente expuesta recientemente. El origen de los curiosos surcos en la superficie es misterioso, pero podría estar relacionado con las fuerzas de marea experimentadas por Fobos en órbita cercana con su planeta o con el propio impacto que formó el cráter. En realidad no lo sabemos.
    Recuerda que Marte tiene dos lunas. Ambas pequeñas. Fobos y Deimos

    Crédito:HiRISE , MRO , LPL (U. Arizona) , NASA
    Autores y editores:Jerry Bonnell, Cecilia Chirenti, Robert Nemiroff, Keighley Rockcliffe
    Un servicio de:ASD en la NASA / GSFC ,
    Activación Científica de la NASA y Universidad Tecnológica de Michigan.
  • La consciencia: ¿Dónde está?

    La consciencia: ¿Dónde está?

    ¿Dónde se encuentra la consciencia? Quizá estábamos buscando en el lugar equivocado

    Niño con un mono en el espejo, de Tommaso Salini h. 1620. Solo al mono se le ofrece el espejo del autorreconocimiento; las gallinas, el pavo y los patos de la escena quedan fuera de ese juego -como si solo pudiéramos imaginar la consciencia en lo que más se nos parece.
    CC BY

    (Autoría: Saúl Sal Sarria, Universidad de Oviedo)

    En los cuentos humorísticos de Nasrudín –un antihéroe del folclore sufí–, el protagonista busca una llave recién perdida bajo un poste de luz. Cuando le preguntan si la extravió ahí responde que no, pero que es ahí donde hay más luz para buscarla. Algo similar ha ocurrido, sin saberlo, en la búsqueda de la consciencia. Esta es una de las preguntas sobre las que más ríos de tinta han corrido en la historia de la ciencia. De hecho, se remonta a tiempos inmemoriales.

    En la antigua Grecia, Empédocles y Aristóteles fueron “cardiocentristas”: creían que del corazón surgía el alma. A pesar de que Alcmeón de Crotona, un par de siglos antes, había sido de los primeros en situar su origen en el cerebro, tardaríamos siglos en tomárnoslo en serio.

    Tiempo después, la doctrina medieval repartió la mente entre los ventrículos cerebrales. Para Descartes, el alma se hallaba en la glándula pineal, una pequeña glándula endocrina situada dentro del cerebro. Entre los siglos XVIII y XIX, Franz Joseph Gall y Jean Pierre Flourens descartaron las teorías ventriculares y propusieron la corteza como principal hipótesis.

    No mucho después, Paul Broca y Carl Wernicke localizaron algo tan nuestro como el lenguaje en la corteza cerebral. Aquel parecía un buen lugar en el que buscar la consciencia humana: un área sobredesarrollada que nos distingue anatómicamente del resto de seres vivos inteligentes. Es un área más sofisticada y especializada, cuyo desarrollo evolutivo y embrionario es tardío. ¿Cómo no iba a ser este el origen de aquello que nos hace diferentes al resto? ¿Cómo no íbamos a buscar donde es más fácil ver lo que tenemos delante?

    Franz Joseph Gall dirigiendo un debate sobre frenología con cinco colegas, rodeado de su extensa colección de cráneos y cabezas.
    Gall palpaba el cráneo porque creía que, al moldearse sobre el cerebro durante su desarrollo, sus protuberancias revelaban el tamaño de cada órgano cortical -y, con él, la fuerza de la facultad mental correspondiente.
    CC BY

    La ciencia no siempre sigue los caminos regios

    En épocas más recientes, diversos investigadores nos han ofrecido nuevos descubrimientos e interpretaciones heterodoxas de los ya existentes que apuntan a que, quizá, no perdimos las llaves donde nos gustaría encontrarlas. Quizá las perdimos en un sitio más oscuro y menos transitado.

    Jaak Panksepp (1943-2017) llevaba décadas insistiendo en algo incómodo para la neurociencia cognitiva: que lo emocional no nace en la corteza, sino en circuitos mucho más antiguos del tronco encefálico. En particular, según el investigador, en una estrecha franja de sustancia gris que rodea el acueducto cerebral llamada sustancia gris periacueductal.

    Mark Solms ha llevado esa intuición un paso más allá, ligándola al sistema activador reticular ascendente. Se trata del mismo que sostiene la vigilia, según se describió en 1949.

    Para Solms, el afecto es la forma más primitiva –y paradójicamente, más segura– de nuestra consciencia. Porque no depende de pensar, recordar, ni hablar. Depende solo de sentir. Y el sentir surge mucho más abajo y mucho más atrás de lo que la farola cortical nos dejaba ver.

    Los niños sin corteza también sienten

    La evidencia más incómoda y hermosa viene de niños con hidranencefalia. Estos nacen prácticamente sin corteza cerebral: en lugar de hemisferios, el líquido cefalorraquídeo ocupa gran parte del cráneo.

    Durante décadas se les describió como en “estado vegetativo permanente”. Pero en 2007, el neurocientífico Björn Merker documentó algo que sus familias ya sospechaban: estos niños están despiertos. Sonríen cuando juegan con sus cuidadores, se calman con su voz, lloran cuando algo les duele. No razonan, no recuerdan, no hablan. Sin embargo, a juzgar por su comportamiento, sienten. Si eso es cierto, la corteza, esa que nos gustaba pensar como la sede de lo que nos hace excepcionales, podría no ser la fuente de la experiencia, sino solo un sofisticado decorado.

    Un bebé con hidranencefalia; la luz que atraviesa el cráneo pone de manifiesto la ausencia de prosencéfalo.
    Dimitri Agamanolis

    No somos tan únicos

    Aquí la farola se apaga del todo. Las estructuras del tronco encefálico que sostienen ese sentir básico no son patrimonio humano. Son de las partes más antiguas y mejor conservadas evolutivamente de todo el sistema nervioso central, compartidas por el resto de los vertebrados: aves, reptiles, anfibios y peces.

    En 2012 quedó por escrito en la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia: los humanos no somos los únicos poseedores de los sustratos neurológicos que generan consciencia. Si la llave nunca estuvo en la corteza, quizá la luz no solo nos ilumine a nosotros. ¿Cuándo decidimos que solo lo nuestro contaba como estar despierto?

    Si el sustrato de la consciencia no es la corteza sino un sistema troncoencefálico que se forma mucho antes en la gestación, entonces quizá empezamos a sentir –en algún sentido primitivo– mucho antes de lo que asumíamos. Es la pregunta que hemos explorado en un trabajo reciente.

    Preguntas que parecían resueltas vuelven a estar abiertas, con consecuencias aún por explorar. Nasrudín no encontró la llave bajo la farola. Quizá nosotros tampoco encontremos la consciencia en la corteza, esa lámpara que hace tan fácil mirar y nos halaga cuando la usamos. Puede que la llave siga ahí, esperando, en la parte más antigua y sombría del cerebro. Aquella que compartimos, sin saberlo, con casi todo lo que respira.


    Este artículo se publicó inicialmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.The Conversation
    Saúl Sal Sarria, es Investigador Postdoctoral en Neurociencias, Universidad de Oviedo
    Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

  • El dia y el terremoto

    El dia y el terremoto

    Vivimos convencidos de que el suelo bajo nuestros pies es firme y de que hay cosas tan regulares que podemos confiar plenamente en ellas. Una de esas certezas es la duración del día: veinticuatro horas, ni más ni menos. Sin embargo, basta con observar nuestro planeta con suficiente precisión para descubrir que ninguna de esas dos ideas es del todo cierta. La Tierra se mueve, se deforma y redistribuye constantemente su masa, y su velocidad de rotación también experimenta pequeñas variaciones.

    Enormes grietas aparecieron en las calles y carreteras de la ciudad de Wajima, en la prefectura de Ishikawa, en enero 2024

    Foto: Getty Images

    Los terremotos constituyen una espectacular demostración de que nuestro planeta sigue geológicamente activo. Cuando las rocas se desplazan bruscamente a lo largo de una falla, enormes cantidades de energía son liberadas y la distribución de la masa terrestre cambia. Y cuando cambia la distribución de la masa de un cuerpo que gira, también puede cambiar su velocidad de rotación.

    Os invito a escuchar el podcast (arriba) en donde Jorge Laborda catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Castilla-La Mancha, nos habla sobre esta interesante temática (18 min.) y también sobre el curioso tema relacionado con la «duración del día»

    Fuente: cienciaes.com

  • ¿Hablamos menos?

    ¿Hablamos menos?

    Cada año hablamos 300 palabras menos al día: ¿dónde han ido a parar?

    Fotografía: Irene Miller/Shutterstock 

    Autoría: Jon Andoni Duñabeitia, Universidad Nebrija

    Cualquiera puede hacer la prueba hoy mismo. Solamente debemos contabilizar, aunque sea a ojo, con cuántas personas hemos hablado de verdad, con la voz, mirándolas o, al menos, escuchándolas en directo. Y por otro lado, contar el número de personas a las que les hemos mandado mensajes por escrito, ya sea por correo electrónico, por WhatsApp o por cualquier otro canal.

    Si el segundo número es mayor que el primero, el resultado no debería sorprendernos: un reciente estudio ha confirmado que cada vez hablamos menos.

    Una grabadora en el bolsillo

    ¿Cómo es posible saber cuántas palabras pronuncia alguien en un día? Preguntarle directamente a esa persona no sería demasiado acertado, desde luego, porque es un cálculo extremadamente difícil de hacer.

    Pero hace más de veinticinco años, un equipo de psicólogos de la Universidad de Texas ideó una solución ingeniosa: la grabadora de activación electrónica (EAR, por sus siglas en inglés). Se trata de un pequeño dispositivo que una persona puede llevar encima durante varios días y que, sin que tenga que hacer nada, se enciende unos segundos cada cierto tiempo y capta el sonido ambiente.

    Estas muestras de audio se pueden analizar, a posteriori, por un equipo de científicos para anotar si la persona estaba hablando y contar las palabras que pronunció. Así, con muestras cortas distribuidas a lo largo del día, se puede estimar el total. Hoy el sistema EAR ha evolucionado y es una aplicación que podemos tener en el propio móvil, pero la idea de fondo es la misma.

    Esto puede traer a nuestra mente la sospecha de que los móviles o los altavoces inteligentes de casa nos escuchan, y el paralelismo es útil, aunque con dos diferencias críticas.

    La primera es que, con sistemas como EAR, la persona ha dado su consentimiento y puede borrar cualquier fragmento antes de entregarlo. La segunda es que a los investigadores no les interesa lo que una persona dice, sino cuánto habla y con cuántas personas. Por utilizar un símil, podría entenderse como un podómetro de la conversación, que cuenta los pasos verbales (las palabras) sin juzgar hacia dónde caminamos.

    Y precisamente porque estos sistemas llevan más de dos décadas siendo utilizados en numerosos estudios, ahora es posible observar si nuestra forma de hablar ha cambiado con el paso de los años.

    Una sorpresa que nos deja mudos

    Los autores de un estudio reciente decidieron revisar datos de varios estudios realizados a lo largo de más de una década con sistemas EAR, con más de 2 000 participantes de diferentes edades a quienes se había grabado el audio ambiental de su vida cotidiana.

    Al contabilizar las palabras, algo no encajaba. La media del conjunto de los estudios era de unas 12 800 palabras habladas al día, claramente por debajo de las casi 16 000 que el mismo método había estimado en un trabajo publicado en Science en 2007.

    Tras comprobar que no era un error de cálculo, los científicos exploraron cómo había cambiado el número de palabras dichas al día en función del año, y el resultado fue sorprendente. Entre 2005 y 2019 apareció una tendencia muy clara que mostraba que, cuanto más reciente era el estudio, menos palabras hablaban sus participantes.

    Por cada año transcurrido, el modelo estimó unas 338 palabras menos al día. Parece una cantidad pequeña, pero equivale a más de 120 000 palabras menos a lo largo de un año entero. Cuando vemos esto con la perspectiva de todo el periodo analizado, la diferencia es enorme, ya que el modelo estimaba que en 2019 cada persona pronunciaba aproximadamente un 28 % menos de palabras al día que en 2005.

    Los jóvenes callan más… pero no son los únicos

    Entre los menores de 25 años, el modelo estimó un descenso de 451 palabras diarias por cada año transcurrido, frente a 314 entre los mayores de 25. Aunque esto podría indicar que el uso del móvil y de las aplicaciones contribuye al cambio, no parece que la tecnología sea la única causa.

    Tampoco la edad explica ni de lejos toda la caída. Estamos ante cambios estructurales en cómo nos reunimos y nos comunicamos hoy día que afectan a todo el mundo. Aunque todavía queda mucho trabajo científico por hacer, tenemos algunos sospechosos habituales, como el teletrabajo, las compras en línea, el ocio en soledad vinculado a una pantalla, o el auge de ciudades donde ya no se conoce al vecino. Parece que hablar se ha vuelto menos necesario.

    ¿Palabras perdidas?

    Y aquí está la gran duda que no está resuelta. No sabemos si las conversaciones digitales están contribuyendo a la pérdida o, de alguna forma, la están compensando por otras vías. Puede que en 2026 no nos estemos comunicando menos, sino de otra manera.

    En España, por ejemplo, se estima que enviamos o recibimos de media más de 5 audios al día, y la generación Z se sitúa a la cabeza con más de 7 notas de voz diarias. Esas son palabras habladas, sí, pero no son una conversación. Una nota de voz es un monólogo diferido, sin turnos, sin interrupciones, sin ajustar lo que decimos según cómo reacciona nuestro interlocutor en tiempo real. Es hablar sin conversar.

    Ansiedad ante la conversación en directo

    Los mensajes por escrito tampoco son un sustituto natural de la conversación. En otro estudio, a los participantes se les pidió que retomaran el contacto con alguien con quien años atrás habían mantenido una relación cercana. Dos de cada tres personas prefirieron escribir un mensaje por correo electrónico antes que llamar, porque pensaban que escuchar la voz del otro sería bastante más incómodo.

    Pero cuando finalmente hablaron, comprobaron que la temida incomodidad que habían anticipado no aparecía. La llamada generó más conexión que el correo sin resultar más embarazosa. Ni siquiera exigió más tiempo. Huimos de la voz por un miedo que la evidencia no respalda.

    Lo que se juega el vocabulario

    Hay una dimensión que a quienes estudiamos el lenguaje nos preocupa especialmente. Gracias a los estudios masivos colaborativos en los que ha participado la Universidad Nebrija, con cerca de 170 000 hablantes nativos de 19 países, sabemos que un hispanohablante adulto reconoce de media unas 30 000 palabras. Pero el dato más revelador es cómo cambia esa cifra con la edad.

    En contra de lo que muchos intuyen, el vocabulario no se marchita con los años. Más bien crece durante toda la vida. Nuestros mayores son el gran depósito léxico de la sociedad.

    El vocabulario aumenta escuchando y usando palabras en contextos variados, con personas distintas, sobre temas distintos. Cada conversación con un fontanero, una farmacéutica o la vecina del cuarto nos expone a un léxico que puede ser distinto al de nuestros chats habituales, escritos a toda prisa, con emoticonos y abreviaturas. La conversación hablada es la cinta transportadora por la que el vocabulario viaja de una generación a otra.

    Y aquí es donde los dos estudios principales se dan la mano de una forma inquietante. El grupo en el que el descenso es más pronunciado, los menores de 25 años, es precisamente aquel cuyo repertorio léxico todavía tiene mucho margen para crecer.

    Si hablamos un 28 % menos, y lo que hablamos se concentra en audios o mensajes enviados a los mismos contactos de siempre, la pregunta no es solo cuántas palabras utilizamos, sino cuántas palabras diferentes usamos y con quién. Si esa cinta transportadora circula menos y conecta siempre a las mismas personas, también disminuyen las oportunidades de que las palabras nuevas pasen de unos hablantes a otros.

    Lo que 300 palabras pueden hacer

    El dato más perturbador del estudio no es la cifra en sí, sino el contexto. Vivimos una epidemia de soledad, y hay vínculos claros entre la soledad y el empeoramiento de la salud, entre la cantidad de conversación diaria y el bienestar. Hablar con otras personas está relacionado con sentirnos más conectados y, a su vez, la conexión social está estrechamente vinculada a cómo de bien nos sentimos.

    La buena noticia es que la receta es ridículamente barata. Trescientas palabras al día son una charla breve en el pasillo con un vecino o una compañera, un chiste que contamos en casa, o una respuesta un poco más larga a la manida pregunta “¿Qué tal?”. O, ya que estamos, una llamada de dos minutos en lugar del audio de dos minutos. El mismo tiempo, incluso tal vez las mismas palabras, pero con alguien al otro lado.The Conversation

    Jon Andoni Duñabeitia, es Director del Centro de Investigación Nebrija en Cognición (CINC) y Director de la International Chair in Cognitive Health (ICCH) en la Universidad Nebrija, Universidad Nebrija Artículo publicado originalmente en The Conversation.
  • Consciencia y medicina china

    Lo que la medicina tradicional china puede enseñarnos sobre la “consciencia sana”

    A middle-aged Asian woman with her arms outstretched and a happy expressionChay_Tee/Shutterstock

    Autoría: Antonio Martín, Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón IiSGM ; Universidad Nebrija

    Hoy en día, la neurociencia considera la conciencia como un mecanismo que está encerrado en el cerebro, como algo que nos permite ser conscientes de información que, de otro modo, sería inconsciente. Esta visión se sustenta en una suposición: que la conciencia es un mecanismo autónomo y autosuficiente, una entidad oculta a la espera de ser localizada y explicada.

    Mi propia investigación siguió inicialmente esta línea de pensamiento, considerando la conciencia como un programa cognitivo creado por áreas concretas del cerebro humano. Sin embargo, el problema de concebir la conciencia como algo tangible es que, en realidad, no podemos “ubicarla”.

    Los investigadores han bautizado esto como el “problema difícil de la conciencia”: ¿cómo es posible que los mecanismos cerebrales físicos se experimenten subjetivamente en lugar de ser meramente inconscientes?

    La medicina tradicional china concibe la conciencia de una forma totalmente diferente. No la ve como un mecanismo o una entidad, sino como una “luz” que brilla cuando nuestro universo interior está en armonía.

    Según esta visión, la conciencia no puede localizarse, extraerse ni estudiarse de forma aislada, ya sea un cerebro en un laboratorio o un programa en un ordenador. En cambio, se asemeja más a una cualidad que una persona puede poseer, similar a conceptos como la salud o la belleza. Al igual que la salud y la belleza, la conciencia puede aparecer y desaparecer, pero su luz brilla con mayor intensidad cuando todo el conjunto cuerpo-mente está en equilibrio.

    La conciencia en la China antigua

    Las primeras referencias al concepto de conciencia en China se remontan a hace aproximadamente 2 200 años, en el Canon Interno del Emperador Amarillo (黃帝內經; HuangDi NeiJing), que explica el concepto de lo sagrado que se manifiesta, conocido como luz espiritual (神; Shen).

    A diferencia de la palabra china contemporánea para “conciencia” (意識; YiShi) –que está influenciada por el concepto de “atención” de la psicología cognitiva occidental–, el concepto tradicional se refiere a una fuerza misteriosa del universo presente en los seres vivos.

    Aunque se considera que la conciencia está coordinada por el corazón, esta surge de la armonía y la conexión de todos los órganos. No puede localizarse ni separarse de los procesos corporales. Por lo tanto, cuando la conciencia brilla con intensidad (神明; ShenMing), una persona encarna un estado óptimo de salud y sabiduría.

    En términos físicos, una conciencia sana se manifiesta no solo como vigilia, estado de alerta y capacidad de respuesta, sino también como ojos brillantes, claridad mental y una presencia consciente.

    Cinco personas haciendo ejercicio en un parqueActividades como el tai chi pueden ayudar a desarrollar una conciencia sana.
    Cheng Shi Song/Unsplash

    Por el contrario, cuando se rompe el equilibrio, la conciencia ilumina un campo más reducido y surgen perturbaciones. En la medicina tradicional china, las perturbaciones y la falta de armonía se producen cuando se pierde el equilibrio natural entre los órganos, como el corazón y el hígado.

    Las consecuencias son la falta de atención o la indiferencia hacia el entorno, trastornos del sueño, falta de creatividad o de sentido en la vida, sensación de irrealidad, ansiedad, impulsividad, aislamiento social, dolor de cabeza y fatiga.

    Esto conduce, en última instancia, a la “enfermedad del espíritu y la mente” (神志病; ShenZhiBing), un estado que se corresponde con el concepto occidental de mala salud mental o enfermedad mental.

    Conciencia y salud mental

    Tanto en la tradición occidental como en la tradicional china, la salud mental puede definirse, en términos generales, como un “estado de bienestar que permite a las personas hacer frente al estrés normal de la vida y desenvolverse de forma productiva”. La gran diferencia radica en dónde se sitúa ese “bienestar”. En las tradiciones occidentales, la salud mental está regida principalmente por la mente. En la medicina tradicional china, una conciencia sana surge de la armonía entre el cuerpo y la mente en su conjunto.

    Las tradiciones chinas pueden, por lo tanto, enseñarnos cómo proteger la salud de nuestra conciencia a través de una serie de enfoques holísticos diferentes. Muchas de estas prácticas ya le resultarán familiares. Pueden adoptar la forma de actividades como la meditación, la atención plena o el yoga, o de hábitos cotidianos como la alimentación y el sueño.

    Cualquiera que haya viajado a China y haya paseado por un parque se habrá sorprendido al ver a tanta gente, sobre todo personas mayores, practicando tai chi en grupo. El tai chi es un arte marcial antiguo que combina movimientos lentos y fluidos con respiración profunda y concentración mental. Su práctica ha demostrado ser muy prometedora para mejorar el equilibrio, reducir el estrés y fortalecer el cuerpo sin impactos.

    En lo que respecta al sueño, las sociedades modernas chinas y occidentales tienen problemas similares, especialmente en nuestra era actual de teléfonos inteligentes e hiperconectividad. Sin embargo, China está recurriendo a su antigua visión tradicional de la salud mente-cuerpo y se está esforzando por desarrollar políticas que promuevan activamente la salud del sueño.

    Dar prioridad al sueño mediante prácticas como una adecuada higiene del sueño protege directamente tanto nuestra salud física como mental. En concreto, protege contra las enfermedades cardíacas y potencia nuestras capacidades cognitivas.

    Todos podemos aprender mucho de la antigua concepción china de la conciencia, que considera la mente y el cuerpo como un todo inseparable y creó actividades que reflejan esta idea.

    Aunque muchos de nosotros practicamos habitualmente actividades de atención plena –ya sea tai chi, meditación, yoga u otras–, es importante recordar por qué existen estas prácticas en primer lugar. Lejos de limitarse a ejercitar o relajar el cuerpo o la mente, ofrecen una forma de unificar y armonizar todo nuestro ser, con el objetivo de fomentar una conciencia brillante y saludable.The Conversation

    Antonio Martín, Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Gregorio Marañón, Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón IiSGM ; Universidad Nebrija Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

  • ¿Qué secuelas deja la guerra en el cerebro de los niños?

    ¿Qué secuelas deja la guerra en el cerebro de los niños?

     

    Autoría: Guillermo Ceniza Bordallo,Universidad Complutense de Madrid, y José A. Morales García,Universidad Complutense de Madrid
    foto: Niños en  Jan Yunis, ciudad situada al sur de la Franja de Gaza. Anas-Mohammed/Shutterstock

    Desde Gaza hasta Ucrania o Sudán, los efectos de la guerra no solo se reflejan en los escombros y la destrucción, sino también en las mentes de quienes sufren el conflicto. Los niños y niñas expuestos a enfrentamientos armados sufren consecuencias que van más allá del momento bélico, dejando huellas profundas en su desarrollo físico, mental y social. Estas cicatrices pueden extenderse a lo largo de su vida e incluso transmitirse a generaciones futuras.

    Consecuencias en el desarrollo cerebral

    Se sabe que la exposición a experiencias traumáticas puede impactar de forma duradera en el desarrollo del sistema nervioso infantil. Durante los conflictos bélicos, los niños experimentan una serie de acontecimientos dolorosos como la violencia, la pérdida de seres queridos, la destrucción de sus hogares o la separación de sus familias y amigos. También son testigos del sufrimiento humano, muy especialmente el de su entorno cercano.

    Estas experiencias pueden provocar reacciones de estrés agudo como miedo, ansiedad, depresión y trastornos de estrés postraumático (TEPT). Se trata de alteraciones que permanecen aunque haya acabado la guerra, por lo que el impacto psicológico puede llegar a ser profundo y duradero.

    Y es que los primeros años de vida constituyen un período clave para la formación de los circuitos neuronales que regulan el estrés y las emociones. En esta etapa, la exposición prolongada a situaciones extremas puede afectar a procesos esenciales como la mielinización, que protege los axones y optimiza la comunicación entre neuronas, y reducir la densidad sináptica, lo que altera la forma en que las células nerviosas se conectan entre sí.

    Lo más preocupante es que estos cambios no se limitan a la infancia: el trauma temprano puede dejar una huella persistente, “programando” el cerebro para una mayor vulnerabilidad al estrés en la vida adulta.

    Más sensibles ante las situaciones estresantes

    Uno de los efectos más graves que sufre la población, y en especial la más joven, son las alteraciones en la salud mental. Un estudio reciente concluyó que hasta un 47 % de los niños expuestos a conflictos bélicos pueden desarrollar síntomas de TEPT.

    En la población infantil, el TEPT se presenta con pesadillas, flashbacks, ansiedad elevada y una sensación constante de peligro. Una de las áreas cerebrales más afectadas del sistema nervioso es la amígdala, encargada de procesar el miedo, las emociones y regular las respuestas al estrés. Esta región cerebral tiende a agrandarse y volverse hiperactiva si los niños han sufrido adversidades, haciendo que reaccionen de forma más intensa y frecuente ante situaciones estresantes. A la vez que esto sucede, se produce un impacto en el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal, una de las principales vías de control del estrés.

    El TEPT no solo provoca angustia, síntomas ansiosos y depresivos, sino que también puede afectar a la capacidad para concentrarse en la escuela, además de generar cambios en el comportamiento.

    Además, la exposición prolongada a la tensión (como la vivida en un conflicto bélico) aumenta la liberación continuada de hormonas del estrés como el cortisol. Estos niveles elevados y crónicos son tóxicos para el cerebro y pueden causar daños estructurales en el hipocampo (encargado de la memoria y de las emociones) y la corteza prefrontal (responsable del pensamiento lógico, la toma de decisiones, los juicios de valor y el autocontrol).

    Un deficiente desarrollo de esta última durante la niñez puede traducirse en mayores dificultades para regular las emociones y el comportamiento, también en la edad adulta. Entre sus principales consecuencias destaca la incapacidad para establecer relaciones interpersonales saludables: muchos niños con TEPT evitan situaciones que les recuerden el trauma y los eventos vividos, lo que puede llevar a aislamiento social y dificultades en la adaptación escolar.

    Problemas de concentración

    Los menores afectados pueden tener serias dificultades para concentrarse en la escuela, ya que cualquier ruido fuerte o imagen puede recordarles los momentos de miedo y peligro que vivieron, generando una sensación constante de inseguridad. Esto entorpece su aprendizaje y dificulta su capacidad para hacer amigos y confiar en los adultos.

    En algunos casos, la hipervigilancia provocada por el trauma los lleva a desarrollar conductas impulsivas o agresivas como mecanismo de defensa. Además, crecer en un entorno marcado por la violencia aumenta el riesgo de repetir patrones agresivos en la vida adulta o de tener dificultades para establecer relaciones sanas con los demás.

    Por otro lado, la exposición prolongada al estrés y situaciones traumáticas tiene efectos en varios sistemas vitales del cuerpo infantil. Varias investigaciones han demostrado que los niños que experimentan traumas severos pueden desarrollar alteraciones que contribuyen a la aparición de enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares en la adultez.

    Desarrollo de dolor crónico

    Por otra parte, los niños y niñas que han sufrido traumas fuertes pueden experimentar dolor sin que haya una causa médica clara, y este puede volverse crónico. Los científicos han descubierto que vivir situaciones de mucho miedo o estrés interfiere en el sistema nervioso, provocando que el cuerpo sienta dolor de manera más intensa.

    Como consecuencia de ello, los niños dejan de jugar, moverse o hacer sus actividades físicas con normalidad. Y además de limitar la movilidad, estos cambios pueden alterar el aprendizaje, llegando a afectar al desarrollo psicomotor. Y finalmente, al no poder participar en juegos o deportes, se sienten más aislados y con menos energía para aprender en la escuela, lo que también conlleva una reducción en su calidad de vida.

    Transmisión de generación a generación

    El impacto de la guerra no se detiene en quienes la vivieron directamente. Los hijos de personas que han sufrido conflictos armados tienen un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud mental, incluso sin haber experimentado el conflicto de primera mano. Esto se debe a la transmisión del trauma a través de patrones de crianza, estrés parental y factores genéticos.

    Un estudio publicado en 2018 encontró que los niños de padres que han sufrido una guerra tienen el doble de riesgo de desarrollar trastornos de ansiedad y depresión. Además, la exposición a entornos violentos puede generar un ciclo de violencia en el que las víctimas infantiles desarrollen actitudes agresivas o dificultades para establecer relaciones seguras y saludables en su vida adulta.

    Intervenciones rápidas

    A largo plazo, las alteraciones estructurales en el sistema nervioso que hemos visto pueden aumentar el riesgo de desarrollar trastornos como ansiedad, depresión o incluso enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer. Diversos trabajos han demostrado que los niños expuestos a entornos de violencia extrema presentan una menor densidad de materia gris en regiones clave para el procesamiento cognitivo.

    Aunque la ayuda psicológica puede mitigar algunos de estos efectos, revertirlos en la edad adulta es un desafío. Por ello, es fundamental minimizar la exposición de los niños a factores estresantes en esta etapa crítica del desarrollo.

    La guerra deja cicatrices en la infancia, afectando a su desarrollo físico, mental y social. Si bien el cerebro infantil es altamente plástico y tiene una gran capacidad de adaptación, esta recuperación depende en gran medida del apoyo que reciba.

    Sin una intervención adecuada, los efectos del trauma pueden persistir a lo largo de la vida e incluso, como hemos visto, transmitirse a futuras generaciones. Por ello, tras un conflicto bélico, es crucial actuar de inmediato. Intervenciones como el acceso a entornos seguros, atención psicológica especializada y rehabilitación psicosocial ayudan a mitigar parte de los efectos negativos.

    Invertir en el bienestar de los niños no solo es una cuestión de derechos humanos, sino una condición fundamental para construir sociedades más pacíficas y justas en el futuro.

    El artículo original es de Guillermo Ceniza Bordallo, Investigador postdoctoral en la Facultad de Enfermería, Fisioterapia y Podología. Universidad Complutense de Madrid, Universidad Complutense de Madrid y José A. Morales García, Investigador Científico en enfermedades neurodegenerativas y Profesor Titular de la Facultad de Medicina, Universidad Complutense de Madrid. Publicado originalmente en The Conversation.