En cualquier caso, ya estoy autorizado a dormir de nuevo con la máquina CPAP y esto solo es una excelente noticia. Solo yo, en relación con la imposibilidad de dormir, puedo saber lo que he pasado estos 49 días.
Etiqueta: salud
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Evolucionando día a día
Y finalmente pasamos de nuevo por el hospital. Conocí al famoso cirujano maxilofacial que tiene la característica de poder realizar sus vacaciones, sin que tenga sustituto en el servicio. Así pues, queridos amigos, si os tenéis que «romper la cara» no lo hagáis a finales de julio o principios de agosto, porque lo pasaréis mal, pasaréis peor.El buen hombre, no quiere aún descartar la necesidad de intervenir quirúrgicamente. Quiere ver nuevas imágenes (TAC) que ofrezcan información de cómo está evolucionando la caída (desalineación) de la órbita ocular derecha, ya que sigo sufriendo diplopía (visión doble) si bien ahora ya, es periférica y me afecta menos en el día a día.Para entenderlo, un ejemplo: Si yo fuera ciclista que suele tener una postura corporal inclinada hacia adelante y mira subiendo la mirada hacia la frente, vería doble imagen en la carretera y con una de las dos imágenes inclinada hacia la izquierda. Mientras que, si mirara sin mover la cabeza, un supuesto GPS en el manillar, lo vería perfectamente, ya que lo estaría mirando sin «alzar» la mirada. -

El queso y nuestros ancestros.
A nuestros antepasados neolíticos les encantaba el queso
Créditos de la Imagen: Azzedine Rouichi / Unsplash., CC BY-SA
En el mundo, hay una enorme variedad de quesos.Autoría: Cláudia F. Lopes Gomes, Universidad Complutense de Madrid; César López-Matayoshi, Universidad Complutense de Madrid; Juan F. Gibaja, Institución Milá y Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF-CSIC) y Sara Palomo Díez, Universidad Complutense de Madrid
Entrar hoy en un mercado de la cuenca mediterránea es observar una gran diversidad de quesos: desde el manchego curado, al limiano, el feta o el pecorino. Esta riqueza gastronómica es el resultado de una paradoja evolutiva fascinante. Si viajáramos al inicio del Neolítico, descubriríamos que aquellos primeros pastores que comenzaron a ordeñar cabras y ovejas podían haber sufrido fuertes dolores de estómago si bebían leche. Eran, genéticamente, intolerantes a la lactosa, un tipo de azúcar presente en la leche y otros productos lácteos.
Para desentrañar esta aparente contradicción, nuestro estudio multidisciplinar, una colaboración entre la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Peruana Cayetano Heredia, ha cruzado los datos de la arqueología tradicional con los últimos avances en genética de poblaciones antiguas.
Nos propusimos medir con precisión el mapa de la tolerancia a la lactosa en la prehistoria europea y entender qué impulsó a la humanidad a abrazar el pastoreo antes de que nuestros cuerpos estuvieran preparados para ello.
El archivo genético: ¿qué sabíamos hasta hoy?
La capacidad de digerir la leche depende de la enzima lactasa, cuya actividad prorrogada en la edad adulta –llamada “persistencia de la lactasa”– es regulada por una mutación en el gen LCT. En las últimas décadas, la ciencia ha analizado muestras de ADN antiguo de cientos de individuos repartidos por todo el continente y los datos acumulados hasta la fecha muestran un panorama muy claro.
Durante el Neolítico temprano y medio, la información genética que permite seguir procesando la lactosa tras el destete era prácticamente inexistente. En las grandes bases de datos arqueogenéticas, que abarcan desde el norte de Europa hasta el sur peninsular, la inmensa mayoría de los individuos analizados presentan el genotipo ancestral de intolerancia a la lactosa o hipolactasia.
La mutación genética que permitía que la lactasa degradara la lactosa era una rareza extrema. Se estimaba que la presión selectiva a favor de este gen no comenzó a generalizarse hasta la Edad del Bronce, miles de años después de que las vacas y las ovejas formaran parte de la vida cotidiana.
Entonces, ¿por qué insistir en una fuente de alimento que provocaba malestar? La respuesta no está en nuestros genes de entonces, sino en las vasijas de barro.
La tecnología prehistórica que salvó vidas
Las conclusiones de nuestro estudio refuerzan una hipótesis clave: la cultura y la tecnología avanzaron mucho más rápido que la evolución biológica. Mediante el análisis de residuos en fragmentos de cerámica prehistórica, se ha demostrado que estas comunidades procesaban la leche de forma sistemática.
Al transformar la leche cruda en queso o yogur a través de la fermentación, conseguían eliminar la mayor parte del suero, que es donde se concentra la lactosa.
El producto resultante no solo era perfectamente digerible para un individuo con hipolactasia, sino que además se convertía en un alimento imperecedero, rico en grasas y proteínas, que podía almacenarse para los meses de invierno. El pastoreo no se abandonó porque el queso funcionó como una barrera tecnológica que neutralizaba el problema digestivo.
Sin embargo, nuestra investigación en la región de los Pirineos aporta una pieza inesperada al puzle. Al estudiar los restos óseos de una necrópolis de montaña, detectamos la presencia de la información genética responsable por la persistencia de la lactasa en un individuo en una época mucho más temprana de lo habitual para estas latitudes.
Esto nos indica que la mutación ya circulaba de forma minoritaria por las rutas migratorias europeas, mucho antes de que se produjera el gran boom demográfico de la tolerancia.
Del Neolítico a la cultura del queso mediterránea
Todo este proceso evolutivo tiene un reflejo directo en la geografía médica y cultural de la Europa actual. La persistencia de la lactasa no se distribuye de forma homogénea: mientras que, en los países escandinavos, más del 90 % de la población adulta puede beber leche sin problemas, en la cuenca mediterránea los niveles de intolerancia son notablemente más altos, situándose en muchas zonas entre el 30 % y el 50 %.
Esta diferencia no es casual. En el norte de Europa, donde las condiciones climáticas dificultaban la agricultura estacional, la presión de la selección natural fue feroz: la leche cruda era un salvavidas líquido en periodos de hambruna, lo que puede haber acelerado la propagación del gen de la tolerancia.
En cambio, en el Mediterráneo, la abundancia de otros recursos alimentarios y, sobre todo, el desarrollo temprano de una maestría insuperable en la elaboración de quesos y derivados lácteos fermentados hicieron que tener el gen de la tolerancia no fuera una cuestión de “vida o muerte”.
Por eso, la fuerte tradición quesera del sur de Europa no es una simple preferencia culinaria moderna. Es la herencia directa de una estrategia de adaptación prehistórica, el testimonio vivo de cómo nuestros antepasados modificaron su entorno y sus recetas para sobrevivir cuando sus cuerpos aún no estaban listos para digerir la leche.
Eulàlia Subirà y Gerard Remolins han colaborado en la investigación y en la elaboración del presente artículo.

Cláudia F. Lopes Gomes, Assistant Professor at Faculty of Medicine, Universidad Complutense de Madrid; César López-Matayoshi, Investigador del Departamento de Medicina Legal, Psiquiatría y Patología, Universidad Complutense de Madrid; Juan F. Gibaja, Researcher in Prehistory, Institución Milá y Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF-CSIC) y Sara Palomo Díez, Profesor Ayudante Doctor Genética Forense, Universidad Complutense de Madrid Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
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Sobre la Calistenia
Calistenia: qué dice la ciencia sobre entrenar usando el peso de nuestro propio cuerpo como resistencia.

evrymmnt/Shutterstock Autorías::Alejandro J. Almenar Arasanz, Universidad San Jorge y Marta Diarte Oliva, Universidad San Jorge
Dominadas, flexiones, fondos, sentadillas y, para los más avanzados, movimientos tan llamativos como el muscle-up, que nos permite pasar de estar colgados a situarnos por encima de una barra; la planche, donde nuestro cuerpo permanece horizontal apoyado únicamente sobre las manos, con los pies en el aire; o el front lever, que también consiste en mantener la posición horizontal, pero suspendiéndonos bocarriba de una barra. La calistenia ha ganado una enorme popularidad durante los últimos años, especialmente gracias a las redes sociales y al crecimiento de los parques de entrenamiento.
Pero ¿es realmente eficaz o estamos simplemente ante otra moda deportiva? Para responder a esta pregunta conviene empezar por aclarar qué entendemos por calistenia.
Nuestro cuerpo también puede ser una pesa.
La calistenia es una forma de entrenamiento en la que utilizamos principalmente nuestro propio peso corporal como resistencia. Su nombre procede de los términos griegos kalos (“bello”) y sthenos (“fuerza”), aunque el uso moderno de la palabra comenzó a extenderse durante el siglo XIX para referirse a diferentes formas de ejercicio físico. El propio origen del vocablo ya relaciona, por tanto, movimiento y fuerza.
Hoy incluye ejercicios tan conocidos como sentadillas, zancadas, flexiones, dominadas o fondos. No hace falta realizar movimientos acrobáticos para practicarla. Una persona que comienza haciendo una flexión contra una pared utiliza el mismo principio que otra capaz de realizar una flexión con una sola una mano: mover su cuerpo frente a la gravedad.
Y ese cuerpo constituye una carga real. Durante una flexión convencional, por ejemplo, los brazos pueden soportar alrededor de dos tercios del peso corporal. Apoyar las rodillas o elevar las manos o los pies permite disminuir o aumentar esa resistencia.
Dicho de otra manera: una flexión no es un ejercicio “sin peso”, porque la pesa somos nosotros.
Un gimnasio que llevamos siempre encima.
Esta característica convierte a la calistenia en una opción especialmente interesante para empezar a hacer ejercicio. No requiere necesariamente ir al gimnasio, usar máquinas ni incurrir en grandes inversiones y puede practicarse en casa, en un parque o prácticamente en cualquier lugar.
Las recomendaciones publicadas en 2026 por el American College of Sports Medicine (ACSM), tras revisar 137 revisiones sistemáticas con más de 30 000 participantes, respaldan precisamente esta idea: el entrenamiento con el peso corporal y los programas realizados en casa también pueden mejorar la fuerza y la función física.
Así, un estudio que comparó un programa progresivo de flexiones con otro de press de banca (el conocido ejercicio en el que empujamos una barra desde el pecho tumbados sobre un banco) encontró mejoras de fuerza en ambos grupos. Otro ensayo ajustó la dificultad de las flexiones para hacerla comparable a la resistencia utilizada en el press de banca y observó mejoras similares tanto en fuerza como en el grosor muscular de pectoral y tríceps tras ocho semanas.
La explicación es relativamente sencilla: nuestros músculos no necesitan saber si la resistencia procede de una mancuerna, una máquina o de nuestro cuerpo. Lo que necesitan es enfrentarse a un estímulo suficiente que, con el tiempo, vaya aumentando.
Y ahí aparece una palabra fundamental: progresión.
Progresar no significa hacer cada vez más repeticiones.
Entrenar con nuestro peso no significa limitarnos a hacer cada vez más repeticiones. Podemos modificar las palancas, los puntos de apoyo, el rango de movimiento o la distribución del peso. Por ejemplo, una flexión puede comenzar contra una pared, continuar con las manos sobre una superficie elevada, pasar después al suelo y evolucionar hacia variantes progresivamente más exigentes.
Esta forma de progresar presenta además una característica interesante: nos obliga a aprender a mover nuestro propio cuerpo. Al modificar posiciones y apoyos debemos prestar atención al control del tronco, al equilibrio, al recorrido y a nuestra capacidad para mantener una ejecución adecuada.
De esta manera podemos reconocer progresivamente hasta dónde controlamos un movimiento, cuándo perdemos estabilidad o qué variante todavía resulta demasiado difícil. No significa que la calistenia desarrolle automáticamente una mejor “conciencia corporal” que otros métodos, pero sí convierte la mecánica del propio movimiento en una parte importante de la dosificación de la carga.
Pero aquí aparece también una de sus principales limitaciones. Una flexión puede resultar sencilla para una persona entrenada y tremendamente exigente para otra. Una dominada puede servir de calentamiento para alguien con elevada fuerza relativa y prácticamente imposible para quien comienza. “Sin pesas” no significa necesariamente “fácil”.
Por eso, la calistenia debe individualizarse como cualquier entrenamiento. Para algunas personas el punto de partida será una sentadilla; para otras, levantarse y sentarse de una silla ya supone una resistencia suficiente. La clave consiste en encontrar una variante que represente un reto asumible y progresar desde ella.
Falso dilema.
Pero entonces ¿es mejor la calistenia o las pesas? Probablemente sea una pregunta equivocada.
Las pesas permiten aumentar la dificultad de forma muy gradual: basta con añadir unos pocos kilos. En calistenia, en cambio, progresar suele implicar modificar la posición del cuerpo o pasar a una variante más exigente, y ese cambio no siempre puede hacerse de forma tan progresiva.
Por ejemplo, una persona puede comenzar realizando lo que se denomina “remo en TRX” –tirando de su cuerpo hacia unas asas mientras mantiene los pies apoyados en el suelo– y, a medida que gana fuerza, inclinar cada vez más el cuerpo para aumentar la dificultad. Sin embargo, dar después el paso hacia una dominada supone vencer una proporción mucho mayor de nuestro peso corporal y puede representar un incremento importante de la exigencia.
Esta diferencia se hace especialmente evidente en personas entrenadas y en ejercicios de piernas. Cuando nuestro propio peso deja de proporcionar un estímulo suficiente, añadir carga externa mediante pesas o lastre puede ser una forma más sencilla y precisa de seguir progresando.
La evidencia indica que, si queremos mejorar especialmente nuestra capacidad para mover cargas muy pesadas, suele ser útil entrenar también con resistencias altas. En cambio, para aumentar el tamaño del músculo no es imprescindible trabajar siempre con mucho peso: también pueden obtenerse mejoras con cargas más ligeras si el ejercicio llega a ser suficientemente exigente.
Un buen punto de partida.
Por eso, calistenia y pesas no deberían entenderse como métodos enfrentados, sino como herramientas que pueden complementarse. Podemos empezar haciendo dominadas únicamente con nuestro peso corporal y, cuando ya resulten demasiado fáciles, añadir lastre –es decir, peso extra sujeto al cuerpo– para seguir aumentando la dificultad.
Al final, el principio sigue siendo el mismo. La calistenia no funciona porque nuestro cuerpo tenga ninguna propiedad mágica como herramienta de entrenamiento, sino porque también es una resistencia. Y aprender a moverlo, controlarlo y hacerlo progresivamente más fuerte puede ser una de las formas más sencillas y accesibles de comenzar a entrenar.
No necesitamos empezar haciendo una dominada o “muscle-up”. Para algunas personas, realizar su primera flexión apoyando las manos contra una pared ya es un excelente punto de partida.

«Alejandro J. Almenar Arasanz, Profesor área de Fisioterapia, Universidad San Jorge y Marta Diarte Oliva, Docente e investigadora, Universidad San Jorge Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.»
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Cualquier tiempo pasado, no fue mejor.
¿Es verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor?
Las trampas de la nostalgia
Gorodenkoff/Shutterstock Oliver Serrano León, Universidad Europea
Es un lugar común escuchar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. La frase, que aparece en el poema Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique, refleja una nostalgia que atraviesa culturas y épocas. Pero ¿es una verdad objetiva o una construcción psicológica?
Analizar este mito desde la psicología permite comprender qué lo origina y cómo afecta a nuestra percepción de la realidad.
La nostalgia como mecanismo psicológico
La nostalgia es una emoción poderosa que juega un papel adaptativo: conecta con las raíces, refuerza la identidad y proporciona consuelo en momentos de incertidumbre. Sin embargo, esta mirada al pasado no siempre es objetiva, ya que la memoria humana tiende a filtrar eventos negativos. Es lo que se conoce como el “sesgo de positividad”.
Por ejemplo, una infancia recordada como una época libre de preocupaciones puede omitir conflictos familiares o estrés escolar, centrándose únicamente en los juegos y momentos agradables. Esa tendencia a la idealización puede distorsionar la percepción de los períodos históricos, generando la falsa creencia de que antes las cosas eran más sencillas o mejores.
El efecto “rosado” de la memoria
La psicología también explica que se idealiza el pasado debido a una memoria selectiva. Este efecto, conocido como “memoria rosada”, está bien documentado: algunos estudios revelan que las personas recuerdan eventos con más optimismo del que realmente experimentaron.
Un ejemplo común es la música. Muchas personas creen que las canciones de su juventud eran superiores a las actuales. Sin embargo, diversas investigaciones sugieren que este apego tiene más relación con la asociación emocional que con la calidad objetiva de las composiciones. Además, la repetición mediática de cierta música o eventos culturales de décadas pasadas refuerza dicha percepción.
Cambios culturales y percepción de amenaza
Otra razón por la que se idealiza el pasado es la ansiedad generada por los cambios culturales. Como las personas suelen considerar su época de formación como un punto de referencia ideal, a medida que envejecen y la sociedad evoluciona perciben esos cambios como amenazas a su estabilidad.
Por ejemplo, aunque se afirma que la tecnología ha erosionado las relaciones interpersonales, estudios recientes destacan que las plataformas digitales fortalecen vínculos sociales de maneras impensables en el pasado.
A pesar de ello, la narrativa nostálgica sobre las “conversaciones reales” ignora que cada época tiene sus propias formas de interacción adaptadas a los avances tecnológicos.
¿Qué pasa con las crisis?
Un argumento común es que las crisis que vivimos parecen más graves que las del pasado. Esta percepción está influenciada por el sesgo cognitivo conocido como “heurística de disponibilidad”. Los problemas actuales están más presentes porque se viven en tiempo real, mientras que los del pasado se diluyen en la distancia temporal.
Por ejemplo, aunque se cree que antes se vivía en un mundo más seguro, los datos contradicen esta idea: la tasa de homicidios ha disminuido significativamente en gran parte del mundo desde los años 90.
Asimismo, la percepción de que las catástrofes naturales eran menos frecuentes en épocas pasadas ignora el aumento de la cobertura mediática en las últimas décadas.
Más mitos psicológicos que embellecen nuestros recuerdos
Los siguientes sesgos también contribuyen a que idealicemos el pasado:
Sesgo de confirmación. Lleva a buscar información que reafirme creencias previas, ignorando datos que las contradicen. Al centrarnos en aspectos positivos, se refuerza la idea de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Este fenómeno también se ve reflejado en debates sociales y políticos, donde se añoran épocas percibidas como más “ordenadas” sin considerar las desigualdades o limitaciones de esas épocas.
“Falacia del costo hundido”. Induce a mantener ideas o decisiones porque ya se ha invertido mucho en ellas, como el apego emocional a tradiciones que quizás ya no son funcionales en el presente. Este tipo de pensamiento puede influir en la resistencia al cambio social o tecnológico.
Efecto “halo retrospectivo”. Ocurre cuando los recuerdos de un evento positivo hacen que toda una época se perciba como mejor de lo que realmente fue. Por ejemplo, alguien podría asociar la década de 1980 con la “mejor música y moda”, ignorando problemas como las crisis económicas o los conflictos políticos que también definieron esa época.
“Sesgo del statu quo”. Conduce a preferir que las cosas permanezcan como están o como estaban, bajo la creencia errónea de que el cambio siempre es perjudicial. Influye en cómo las personas miran al pasado con añoranza, interpretando la evolución social y tecnológica como una pérdida en lugar de una ganancia.
Reconfigurar la perspectiva
Aceptar que el pasado no fue necesariamente mejor no significa despreciarlo. Por el contrario, reconocer las limitaciones de la memoria permite apreciar más plenamente el presente. Así, el cuestionamiento del mito abre la puerta a construir un futuro más equilibrado.
Por ejemplo, en lugar de lamentar la “desconexión” causada por la tecnología, esta se puede promover para fomentar comunidades más inclusivas y accesibles. Además, ser conscientes de los sesgos cognitivos permite abordar los desafíos actuales con mayor realismo.
Del mismo modo, valorar los avances logrados en salud, educación y derechos humanos proporciona una perspectiva más equilibrada sobre el progreso.
Caminando a un futuro sin depender de idealizaciones
El mito de que cualquier tiempo pasado fue mejor es una narrativa profundamente humana, arraigada en la psicología y la cultura. Sin embargo, al examinarlo de forma crítica, descubrimos que está más relacionado con cómo se recuerda que con cómo realmente se vivió.
Desafiar esta idea permite abrazar el presente con mayor conciencia y trabajar hacia un futuro que no dependa de idealizaciones.

Oliver Serrano León, es Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria de la Universidad Europea de Canarias, Universidad Europea Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
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Dolor
El dolor es una experiencia paradójica: nos aísla en lo más profundo de nuestra mente, pero al mismo tiempo es la huella más universal de la condición humana. No entiende de tiempos ni de permisos; llega como un visitante no deseado que desarmoniza el cuerpo o quiebra la calma del alma. No sé, para el resto de los seres vivos o sintientes, supongo que de algún modo, el dolor va parejo con la consciencia y en este sentido todos ellos, tendrán alguna u otra forma de dolor.

Sin embargo, en su crudeza, el dolor cumple una función vital: es la alarma que nos avisa de que algo requiere atención. Mientras que el dolor físico señala la herida que busca cicatrizar, el dolor emocional revela aquello que nos importa, lo que hemos amado o lo que necesitamos sanar. No es un destino permanente, sino un proceso de transformación que, aunque nos deja marcas, también nos enseña la verdadera medida de nuestra fortaleza.
El dolor puede presentarse como un «regalo» inesperado que viene envuelto con el papel coloreado del miedo. Pocas cosas atemorizan más que sufrir un dolor sin saber su razón, su causa. Ese desconocimiento envuelve el dolor, añadiéndole temor. En muchas ocasiones, cuando el profesional de la salud te explica la causa de tu dolor, esa información resulta ser la primera capa analgésica, el primer alivio.
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Bitácora de 17/8/2026
Las 6:32 es una de las mejores horas, cuando aún no hay luz alguna que asome por el horizonte del este, quizás tan solo una insinuación; mejor hora, decía, para recoger una perla que me inspire el día. Dice:
«Me gustaría que cuando les falte a mis nietas, fuese ese abuelo que supo ser juguete, cometa, diccionario, racha de viento que mece las espigas, penúltimo refugio, libro abierto a todas las lecturas, aquel hombre mayor que siempre ofrecía sonrisas a cambio de besos y caricias.» (J.L.Trujillo)

A dieciocho días de la maldita caída, el dolor (especialmente costal) sigue siendo la incomodidad más manifiesta. Me advirtieron de que esto sería lento, pero uno siempre tiene el temor de que su esto no sea el mismo que el mío y el diagnóstico, no sea acertado. Pero no queda otra, que soportar y de vez en cuando aliviarse con algun analgésico. Sigo muy preocupado también por el tiempo (aún no sé cuánto) que no podré utilizar la CPAP para dormir.
Me satisface el cambio a WordPress. Los buenos amigos han reaccionado bien y han comprendido que la molestia añadida por ser otra plataforma distinta a la suya es poca y, además, una oportunidad para aprender algo nuevo. Echo de menos algunos saludos que antes recibía y que ahora extraño. Quizás vuelvan… ojalá.
Puede que sea por la proximidad de una fecha que siempre consideré importante, que estos días se disparen las emociones. Y como dice mi sabio amigo Okanu: «Ojo con eso»
Veamos cómo transcurre la jornada.
