Es una frase que suelo oír con frecuencia: «Todo es política.» Algunos lo defienden con vehemencia, pero a mí me rechina un poco. Parece como si se tratara de monopolizar todo el humanismo y el quehacer social y cultural alrededor de la política. En cualquier caso, puedo hacer un pequeño spoiler y decir que
«Si todo fuera política, todo estaría perdido«, afirmación que posiblemente a otros les rechine tanto como a mí la anterior.
Cuando todo se etiquete como «político», existe un riesgo real de hiperpolitización: reducir cualquier manifestación del espíritu humano —el arte, la afectividad, el ocio o la contemplación— a un mero instrumento de poder, ideología o dinámica de grupos.
Esa sensación de que la política pretende monopolizar la cultura y la vida cotidiana nace de una confusión entre dos dimensiones de la condición humana: la dimensión cívica (lo colectivo) y la dimensión existencial (lo personal y trascendente).
La tensión entre dos visiones
El argumento de quienes dicen «Todo es política» cuando esgriman alguno, que no siempre ocurre, se basa en
- La estructura invisible: Sostiene que ninguna acción ocurre en el vacío. Lo que comemos, qué arte consumimos o cómo organizamos nuestro tiempo libre está condicionado por leyes, estructuras económicas y relaciones de poder.
- El impacto en los demás: Bajo esta premisa, la neutralidad no existe: abstenerse o pretender la asepsia es, en la práctica, validar el estado actual de las cosas (status quo).
Pero el peligro de monopolizar la experiencia humana es indudable y se manifiesta en
- El reduccionismo del ser: Si todo es política, se corre el riesgo de vaciar de valor propio al arte, la belleza, la amistad, la ciencia o la espiritualidad. Una obra de arte o un gesto de bondad no valen solo por su «utilidad ideológica», sino por su valor intrínseco.
- El agotamiento social: Convertir cada rincón del quehacer cotidiano en un campo de batalla o en una trinchera ideológica genera fatiga y polarización, ahogando la espontaneidad y la libertad individual.
Un necesario punto de equilibrio
Tal vez la clave resida en distinguir entre el origen estructural de las cosas y su naturaleza profunda:
Es cierto que la política atraviesa o afecta casi todas las facetas de la vida en comunidad, pero eso no significa que la política sea la esencia de todas esas facetas.
La política es la herramienta mediante la cual convivimos y distribuimos el poder, pero no es el fin último de la existencia. El arte, la filosofía, el amor o el simple disfrute de la naturaleza existen por sí mismos, y defender espacios donde la política no lo ocupe todo es, paradójicamente, una forma de preservar la propia salud de la cultura.

