Esta es una de las pocas entradas publicadas por mí en Substack de la que siento la necesidad de traer aquí. Imposible hacerlo sin modificarla con cada lectura. Es lo que tienen algunos textos; que «se dejan». Hay algunas más en aquella casa (Substack) que merecen ser salvadas del fuego del olvido (según mi modesto entender) y ya irán apareciendo.
Hay algo fascinante en cómo hemos decidido colectivamente que cada momento debe ser llenado. Como si el silencio se hubiera convertido en nuestro nuevo enemigo, y la estimulación constante en nuestra plegaria diaria.

¿Cuántas veces hablamos solo para llenar un vacío? ¿Cuántas veces navegamos para escapar de la incomodidad de estar solos con nosotros mismos? Hemos creado un mundo donde el ruido se ha vuelto la norma, donde dejar que una conversación haga pausa roza la incomodidad.
La Sabiduría del Silencio
Cuando nos apresuramos a llenar cada silencio, pagamos un precio invisible pero real. Los malentendidos se multiplican, requiriendo aclaraciones que finalmente toman más energía que si hubiéramos tomado el tiempo para escuchar cuidadosamente desde el principio. Las relaciones se deterioran porque ya no absorbemos verdaderamente lo que se dice, demasiado ansiosos por pasar a nuestro siguiente punto. Todo esto merece algo mejor que comentarios constantes. Merece presencia, escucha, gestación. Los filósofos saben que algunas verdades solo pueden emerger en la quietud. Los líderes más sabios saben que una palabra dicha demasiado rápido puede destruir años de confianza.
«Aquellos que saben no hablan; aquellos que hablan no saben.» — Tao Te Ching
La Voz Incesante de la Mente
Incluso en soledad, rara vez estamos callados. Nuestros pensamientos comentan, comparan, repasan, ensayan. No es el mundo lo que nos agota. Es la mente que nunca silenciamos. Planeamos mientras caminamos. Rumiamos mientras comemos. Despertamos ya hablándonos internamente. Pero los pensamientos no son el enemigo. Es nuestra identificación con ellos—nuestro constante diálogo con ellos—lo que nos atrapa en el ruido. El silencio no es la ausencia del pensamiento. Es el espacio donde los pensamientos pueden pasar sin arrastrarnos con ellos.
Lo que te estás perdiendo
Sin silencio, perdemos profundidad. Nos volvemos reactivos, no reflexivos. Rozamos la superficie de la vida, perdiendo las corrientes subterráneas. En una mente ruidosa, no hay espacio para la intuición. En un mundo apresurado, no hay lugar para el asombro. La verdadera conexión—ya sea con otros, la naturaleza o nosotros mismos—no grita. Susurra. Y para escucharla, debemos estar callados.
Recuperando el Silencio
– Dejando que las pausas permanezcan sin llenar. – Notando cuando hablamos por incomodidad. – Practicando la presencia sin comentarios. – Caminando sin narración. – Sentándonos sin buscar.
Empieza pequeño. Luego da otro paso. El silencio no es algo que encuentres. Es lo que queda cuando dejas de huir. Necesitas silencio. Porque el mundo es ruidoso. Y eso que habita en tu interior, algunos lo llaman alma, yo no lo llamo de manera alguna, solo lo observo, no grita. Espera.

