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  • El queso y nuestros ancestros.

    El queso y nuestros ancestros.

    A nuestros antepasados neolíticos les encantaba el queso


    Créditos de la Imagen: Azzedine Rouichi / Unsplash., CC BY-SA
    En el mundo, hay una enorme variedad de quesos.

    Autoría: Cláudia F. Lopes Gomes, Universidad Complutense de Madrid; César López-Matayoshi, Universidad Complutense de Madrid; Juan F. Gibaja, Institución Milá y Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF-CSIC) y Sara Palomo Díez, Universidad Complutense de Madrid

    Entrar hoy en un mercado de la cuenca mediterránea es observar una gran diversidad de quesos: desde el manchego curado, al limiano, el feta o el pecorino. Esta riqueza gastronómica es el resultado de una paradoja evolutiva fascinante. Si viajáramos al inicio del Neolítico, descubriríamos que aquellos primeros pastores que comenzaron a ordeñar cabras y ovejas podían haber sufrido fuertes dolores de estómago si bebían leche. Eran, genéticamente, intolerantes a la lactosa, un tipo de azúcar presente en la leche y otros productos lácteos.

    Para desentrañar esta aparente contradicción, nuestro estudio multidisciplinar, una colaboración entre la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Peruana Cayetano Heredia, ha cruzado los datos de la arqueología tradicional con los últimos avances en genética de poblaciones antiguas.

    Nos propusimos medir con precisión el mapa de la tolerancia a la lactosa en la prehistoria europea y entender qué impulsó a la humanidad a abrazar el pastoreo antes de que nuestros cuerpos estuvieran preparados para ello.

    El archivo genético: ¿qué sabíamos hasta hoy?

    La capacidad de digerir la leche depende de la enzima lactasa, cuya actividad prorrogada en la edad adulta –llamada “persistencia de la lactasa”– es regulada por una mutación en el gen LCT. En las últimas décadas, la ciencia ha analizado muestras de ADN antiguo de cientos de individuos repartidos por todo el continente y los datos acumulados hasta la fecha muestran un panorama muy claro.

    Durante el Neolítico temprano y medio, la información genética que permite seguir procesando la lactosa tras el destete era prácticamente inexistente. En las grandes bases de datos arqueogenéticas, que abarcan desde el norte de Europa hasta el sur peninsular, la inmensa mayoría de los individuos analizados presentan el genotipo ancestral de intolerancia a la lactosa o hipolactasia.

    La mutación genética que permitía que la lactasa degradara la lactosa era una rareza extrema. Se estimaba que la presión selectiva a favor de este gen no comenzó a generalizarse hasta la Edad del Bronce, miles de años después de que las vacas y las ovejas formaran parte de la vida cotidiana.

    Entonces, ¿por qué insistir en una fuente de alimento que provocaba malestar? La respuesta no está en nuestros genes de entonces, sino en las vasijas de barro.

    La tecnología prehistórica que salvó vidas

    Las conclusiones de nuestro estudio refuerzan una hipótesis clave: la cultura y la tecnología avanzaron mucho más rápido que la evolución biológica. Mediante el análisis de residuos en fragmentos de cerámica prehistórica, se ha demostrado que estas comunidades procesaban la leche de forma sistemática.

    Al transformar la leche cruda en queso o yogur a través de la fermentación, conseguían eliminar la mayor parte del suero, que es donde se concentra la lactosa.

    El producto resultante no solo era perfectamente digerible para un individuo con hipolactasia, sino que además se convertía en un alimento imperecedero, rico en grasas y proteínas, que podía almacenarse para los meses de invierno. El pastoreo no se abandonó porque el queso funcionó como una barrera tecnológica que neutralizaba el problema digestivo.

    Sin embargo, nuestra investigación en la región de los Pirineos aporta una pieza inesperada al puzle. Al estudiar los restos óseos de una necrópolis de montaña, detectamos la presencia de la información genética responsable por la persistencia de la lactasa en un individuo en una época mucho más temprana de lo habitual para estas latitudes.

    Esto nos indica que la mutación ya circulaba de forma minoritaria por las rutas migratorias europeas, mucho antes de que se produjera el gran boom demográfico de la tolerancia.

    Del Neolítico a la cultura del queso mediterránea

    Todo este proceso evolutivo tiene un reflejo directo en la geografía médica y cultural de la Europa actual. La persistencia de la lactasa no se distribuye de forma homogénea: mientras que, en los países escandinavos, más del 90 % de la población adulta puede beber leche sin problemas, en la cuenca mediterránea los niveles de intolerancia son notablemente más altos, situándose en muchas zonas entre el 30 % y el 50 %.

    Esta diferencia no es casual. En el norte de Europa, donde las condiciones climáticas dificultaban la agricultura estacional, la presión de la selección natural fue feroz: la leche cruda era un salvavidas líquido en periodos de hambruna, lo que puede haber acelerado la propagación del gen de la tolerancia.

    En cambio, en el Mediterráneo, la abundancia de otros recursos alimentarios y, sobre todo, el desarrollo temprano de una maestría insuperable en la elaboración de quesos y derivados lácteos fermentados hicieron que tener el gen de la tolerancia no fuera una cuestión de “vida o muerte”.

    Por eso, la fuerte tradición quesera del sur de Europa no es una simple preferencia culinaria moderna. Es la herencia directa de una estrategia de adaptación prehistórica, el testimonio vivo de cómo nuestros antepasados modificaron su entorno y sus recetas para sobrevivir cuando sus cuerpos aún no estaban listos para digerir la leche.

    Eulàlia Subirà y Gerard Remolins han colaborado en la investigación y en la elaboración del presente artículo.The Conversation

    Cláudia F. Lopes Gomes, Assistant Professor at Faculty of Medicine, Universidad Complutense de Madrid; César López-Matayoshi, Investigador del Departamento de Medicina Legal, Psiquiatría y Patología, Universidad Complutense de Madrid; Juan F. Gibaja, Researcher in Prehistory, Institución Milá y Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF-CSIC) y Sara Palomo Díez, Profesor Ayudante Doctor Genética Forense, Universidad Complutense de Madrid  Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

  • La NASA cubrirá el lanzamiento y el acoplamiento de la nave espacial Progress 96.

    La NASA cubrirá el lanzamiento y el acoplamiento de la nave espacial Progress 96.

    La NASA ofrecerá (como suele ser habitual) cobertura en directo del lanzamiento y acoplamiento de una nave de carga de Roscosmos que transportará aproximadamente tres toneladas de alimentos, combustible y suministros para la tripulación a bordo de la Estación Espacial Internacional.

    La nave espacial de reabastecimiento no tripulada Progress 96 tiene previsto su lanzamiento a las 12:15 pm EDT (9:15 pm hora de Baikonur), el miércoles 9 de septiembre, a bordo de un cohete Soyuz desde el cosmódromo de Baikonur en Kazajistán. La cobertura en directo del lanzamiento por parte de la NASA comenzará a las 12:00 pm.

    Después de un viaje de dos días a la estación espacial, la Progress se acoplará de forma autónoma al puerto orientado hacia el espacio del módulo Poisk a las 14:37 del viernes 11 de septiembre. La cobertura de la llegada por parte de la NASA comenzará a las 13:45.

    La NASA transmitirá estos eventos en directo a través de diversas plataformas. Descubre dónde verlos online:


    https://www.nasa.gov/live

    La nave espacial permanecerá acoplada al laboratorio orbital durante unos cinco meses antes de partir para reingresar en la atmósfera terrestre, donde se desintegrará inofensivamente sobre el Océano Pacífico.

    Antes de la llegada de la Progress 96, la nave Progress 94 se desacoplará de la estación espacial aproximadamente a las 11:18 a. m. del lunes 7 de septiembre para su partida y reentrada destructiva programada. La NASA no transmitirá en directo el desacoplamiento de la Progress 94.

    Durante más de 25 años, personas han vivido y trabajado ininterrumpidamente a bordo de la Estación Espacial Internacional, impulsando el conocimiento científico y logrando avances en la investigación imposibles en la Tierra. La estación espacial ayuda a la NASA a comprender y superar los desafíos de los vuelos espaciales tripulados, ampliar las oportunidades comerciales en la órbita terrestre baja y sentar las bases para misiones de larga duración a la Luna, como parte del programa Artemis, y a Marte.

    Para obtener más información sobre la Estación Espacial Internacional, sus investigaciones y su tripulación, visite:

    https://www.nasa.gov/station

  • La lectura puesta en cuestión

    Desde hace más de un siglo asistimos a una curiosa paradoja: cada vez que aparece una nueva tecnología, alguien anuncia que ha llegado el momento de despedirnos de los libros.

    En 1913, Thomas Edison afirmaba que «los libros pronto serán obsoletos en las escuelas públicas». Décadas después, en 1972, Marshall McLuhan sostenía que «los libros se están volviendo obsoletos». En 2008, Steve Jobs aseguraba que «la realidad es que la gente ya no lee». Y en 2012, Philip Roth fue todavía más contundente: «La pantalla matará al lector, y así ha sido».

    Ahora, en 2026, volvemos a escuchar argumentos similares. Un artículo reciente de The Atlantic llega a describir la era de la lectura como un «breve interludio entre la era oral y la digital».

    La historia, sin embargo, parece empeñada en llevar la contraria a todos estos pronósticos.

    Porque cada nueva pantalla iba a acabar con el libro. Primero fue el cine; después, la radio; más tarde, la televisión; luego llegaron los videojuegos, Internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial. Cada tecnología parecía destinada a ocupar el lugar de la lectura. Y, sin embargo, los libros siguen aquí.

    Las cifras ofrecen una imagen bastante diferente de la anunciada desaparición. En Estados Unidos se vendieron el año pasado alrededor de 762 millones de libros impresos y se abrieron 422 nuevas librerías. En el Reino Unido, la ficción alcanzó su mejor resultado desde que existen registros. En Australia, las ventas crecieron por primera vez desde 2022. Y, a escala internacional, las ventas de libros aumentaron en once de los diecinueve mercados analizados.

    Quizá el problema no sea que la gente haya dejado de leer, sino que algunos han confundido sus propios hábitos con los hábitos de toda una sociedad.

    La lectura está cambiando, por supuesto. Cambian los formatos, los dispositivos, los tiempos y las maneras de acceder a los textos. Leemos en papel, en pantallas, en teléfonos, en tabletas y escuchamos libros mientras caminamos o viajamos. Pero cambiar la forma de leer no significa necesariamente dejar de leer.

    El libro tampoco es únicamente un objeto. Es una tecnología cultural extraordinariamente resistente, capaz de adaptarse a nuevos entornos sin desaparecer. Y la lectura continúa siendo una de las herramientas fundamentales para comprender el mundo, desarrollar el pensamiento crítico, imaginar otras vidas y conversar con quienes estuvieron antes que nosotros.

    Por eso, cuando alguien vuelva a preguntarte con cierta sorpresa: «¿Todavía lees libros? ¿En 2026?», quizá la mejor respuesta sea simplemente sonreír.

    Sí. Todavía leemos.

    Y, contra todos los pronósticos, seguimos haciéndolo.

    Porque la historia del libro no es la historia de una tecnología que se resiste a morir. Es la historia de una cultura que, una y otra vez, encuentra nuevas formas de sobrevivir.

    Vincent Phan – Founder, 1000 Libraries
    Leído y reblogueado: Universo Abierto (texto e imagen)

  • Autoría artificial

    Autoría artificial

    Esto, ¿lo ha hecho una IA?

    Que un contenido no lleve marca de haber sido por IA, no garantiza que sea un producto humano.
    Walls.io / Unsplash. , CC BY

    Autora del artículo: Paula Lamo, Universidad de Cantabria

    Desde el 2 de agosto de 2026, se aplican en la Unión Europea nuevas obligaciones de transparencia para determinados sistemas de inteligencia artificial (IA). Si los usuarios han visto un aviso en la página principal de herramientas como ChatGPT, Gemini, Claude o Deepseek, no se trata de una campaña de imagen de las empresas tecnológicas. Es una consecuencia del artículo 50 del Reglamento europeo de inteligencia artificial.

    Entre otras obligaciones, los proveedores de sistemas generativos deben incorporar marcas que permitan detectar contenidos generados o manipulados artificialmente. Mientras, quienes utilizan estos sistemas tienen obligaciones específicas de información cuando producen deepfakes y determinados textos sobre asuntos de interés público.

    El objetivo parece claro: reducir los riesgos de engaño, manipulación, fraude o desinformación. Sin embargo, ¿qué demuestra realmente encontrar una de esas marcas? ¿Y qué significa no encontrarla?

    Qué se está incrustando exactamente en los archivos

    El Código de Buenas Prácticas europeo diseñado para facilitar el cumplimiento del artículo 50 contempla diferentes mecanismos de marcado y detección. El objetivo es que las señales sean legibles por máquina, interoperables, robustas y fiables hasta donde resulte técnicamente posible.

    Una de las tecnologías que puede utilizarse para acreditar la procedencia son los metadatos, es decir, etiquetas con información detallada sobre un archivo, criptográficamente verificables. Así, el estándar C2PA permite asociar a un archivo un historial de procedencia mediante credenciales firmadas digitalmente, de manera que las modificaciones posteriores puedan quedar registradas o ser detectables. Otra posibilidad son las marcas de agua imperceptibles incorporadas al propio contenido. Un ejemplo es el sistema SynthID, que introduce señales en imágenes, audio, vídeo o texto, destinadas a sobrevivir a determinadas transformaciones del archivo.

    Los dos mecanismos persiguen lo mismo, pero funcionan de manera distinta. Los metadatos se parecen a la etiqueta de una chaqueta: viajan con el archivo, aunque pueden desaparecer cuando este se copia, transforma o procesa. La marca de agua se parece más a la filigrana de un billete: está incrustada en el propio contenido y, en principio, resulta más difícil de eliminar.

    No obstante, ambas técnicas identifican la procedencia, no la autoría. Se trata de una limitación importante que hace que, aunque estamos empezando a disponer del «número de serie» que permite rastrear de dónde viene un contenido, sigamos sin tener una prueba capaz de determinar de forma fiable si lo creó una persona o una máquina.

    Todos los usos de la IA en el mismo saco

    Una señal de procedencia puede acreditar que un determinado sistema intervino en la generación o manipulación del contenido. No explica necesariamente cuánto intervino, ni cuál fue la contribución intelectual de la persona.

    No es lo mismo pedir a un modelo que genere un trabajo completo desde cero que utilizarlo para traducir un párrafo, mejorar una frase, depurar un fragmento de código, ordenar datos de laboratorio o retocar una imagen.

    Desde el punto de vista de la autoría, el esfuerzo y la responsabilidad intelectual pueden conformar situaciones muy distintas. Y una señal técnica de procedencia no nos saca de dudas.

    Entonces, ¿interpretaremos socialmente que un trabajo vale menos simplemente porque aparece el aviso de que intervino una IA? Si ocurre, habremos convertido una infraestructura diseñada para informar sobre la procedencia en algo parecido a un detector de fraude. Y no lo es.

    La paradoja del que no tiene nada que ocultar

    Existe, además, un problema de incentivos. Quien utiliza una herramienta de IA legítimamente puede no tener ningún interés en eliminar su procedencia. Pero ocurre lo contrario con quien pretende hacer pasar un contenido sintético por auténtico.

    Y resulta que, en algunos casos, estas marcas pueden eliminarse. Los metadatos son frágiles porque pueden desaparecer cuando el archivo se transforma, se vuelve a guardar o pasa por determinados servicios. Una captura de pantalla, por ejemplo, crea un archivo nuevo que ya no conserva necesariamente la cadena de procedencia original. Por su parte, las marcas de agua incorporadas al propio contenido intentan resolver ese problema: pueden diseñarse para resistir operaciones como compresión, recorte o reescalado.

    Pero robusto no significa indestructible. Está demostrado que determinadas marcas invisibles en imágenes pueden eliminarse mediante ataques de regeneración, en los que se añade ruido –errores, imágenes borrosas– para que un modelo generativo reconstruya posteriormente la imagen, debilitando o eliminando la señal original.

    Otros trabajos han estudiado un reto todavía más delicado: el compromiso entre hacer una marca suficientemente robusta para sobrevivir a manipulaciones y evitar que el sistema termine detectando como marcados contenidos que no deberían estarlo.

    En este contexto, las marcas pueden ser muy útiles para mantener una cadena de procedencia cuando los participantes quieren conservarla. El problema aparece cuando alguien intenta deliberadamente romperla.

    Intentos de regulación en una red global

    Europa no es la única que intenta afrontar el desafío. China introdujo en 2025 medidas específicas para identificar contenidos generados mediante IA. Corea del Sur también ha incorporado la obligación de etiquetar esta clase de contenidos.

    En Estados Unidos, California ha aprobado la ley AI Transparency Act, activa también desde el 2 de agosto de 2026, que obliga a grandes proveedores de IA generativa a incorporar señales latentes en imágenes, vídeo y audio generados por sus sistemas y a proporcionar herramientas que permitan a los usuarios comprobar si un contenido incluye esas señales.

    El resultado es un mosaico de obligaciones, tecnologías, excepciones y umbrales desplegado sobre una red que nunca fue diseñada para preguntar por el pasaporte de cada archivo.

    Presencia y ausencia no significan lo mismo.

    Disponer de mecanismos capaces de demostrar de dónde procede un contenido puede convertirse en una pieza importante de la infraestructura digital. El valor no está solo en señalar contenido generado mediante IA: también puede estar en acreditar que una fotografía procede realmente de la cámara o de la organización que afirma haberla producido.

    El problema aparece cuando convertimos una señal de procedencia en un veredicto sobre la autoría. Si encontramos una marca fiable, podemos obtener información relevante sobre la intervención de un determinado sistema o sobre el historial del archivo. Pero si no encontramos ninguna, la conclusión no es tan clara. Puede ser un contenido humano. Puede proceder de un sistema que no estaba obligado a incorporar esa señal. Puede haber sufrido transformaciones que rompieron su cadena de procedencia. Puede haberse realizado una captura de pantalla. O alguien puede haber intentado deliberadamente eliminar la marca.

    Presencia y ausencia, por tanto, no tienen el mismo valor probatorio. Y entender esa asimetría será imprescindible si estas tecnologías empiezan a utilizarse en educación, periodismo, justicia, redes sociales o propiedad intelectual.

    Al mismo tiempo, una marca de procedencia puede ayudarnos a responder a la pregunta: ¿de dónde viene esto? Pero no responde a otra mucho más difícil: ¿quién lo pensó? Para esa segunda pregunta seguimos sin tener un detector automático.The Conversation

    Paula Lamo, es Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

  • La miseria de nuestro periodismo en el genocidio

    La miseria de nuestro periodismo en el genocidio

    La autora de este artículo es Francesca Fornario.
    Reblogueado desde  rafaelpoch.com

    Los soldados israelíes han orinado en las cunas, han defecado en las ollas, han quemado los libros, han destrozado las fotos de boda que colgaban de la pared de la casa de los recién casados, se han hecho selfies contoneándose con la ropa interior de la novia, que habían robado de los cajones, por encima del uniforme de camuflaje, han grabado un vídeo para enviárselo a su novia, han grabado un vídeo para aumentar el número de seguidores, pero no se puede decir que sea un genocidio y, en cualquier caso, «Harry y Meghan, junto con sus hijos Archie y Lilibet, se han reunido con el rey Carlos III en Highgrove, la residencia privada del soberano en los Cotswolds».

    Los soldados israelíes hicieron que los perros destrozaran a un joven discapacitado y lo dejaron morir desangrado, mientras se llevaban a rastras a la madre que les suplicaba que lo ayudaran, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, «Belen conduce la lancha a motor en topless, con una mano sujeta el timón y con la otra se cubre».

    Los soldados israelíes han marcado puntos jugando al tiro al blanco. Un día había que disparar a los niños en la cabeza, otro día en los testículos, otro día en la rótula, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Massimo Recalcati analiza psicológicamente a Michele Mari, que ha ganado el premio Strega (y ninguno de los dos dice que sea un genocidio).

    El Gobierno israelí bloquea la salida de Gaza y la entrada a los periodistas, a los médicos e incluso a las galletas y la mermelada, porque son demasiado calóricas para las mujeres y los niños, mientras que el 77 % de la población sufre graves niveles de inseguridad alimentaria y, por ello, la mortalidad infantil se ha duplicado, pero no se puede decir que sea un genocidio; y, de todos modos, Dua Lipa se ha casado en Sicilia con 150 cannoli y un helado de sandía con flores de jazmín cristalizadas, recolectadas a las 5 de la mañana.

    Han disparado contra las personas hambrientas que hacían cola en los puntos de distribución de alimentos, matando a dos mil de ellas; han destruido la red de abastecimiento de agua, obligando a los supervivientes a sobrevivir con 6 litros por persona, cuando, según la OMS, para garantizar la higiene se necesitan entre 50 y 100, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, «Taylor Swift y Travis Kelce presentan a su nuevo perrito, aunque han decidido mantener la discreción sobre los detalles más íntimos» (No sé, Tgcom24 los llama así).

    Han acribillado a balazos el coche en el que una familia intentaba ponerse a salvo; han acribillado a balazos la ambulancia que se dirigía a rescatar a la niña, única superviviente en el habitáculo bajo los cuerpos ensangrentados de sus tíos, acribillaron el habitáculo para matar a la niña superviviente, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Prada propone unas zapatillas de rafia en tonos beige adornadas con el icónico logotipo triangular y acabados en piel.

    Han atacado 36 de los 36 hospitales en funcionamiento, han dejado morir a los recién nacidos en las incubadoras tras cortar la corriente, han asesinado a más de 1 500 médicos y enfermeros, han detenido a decenas de ellos sin juicio ni acusación formal, y los han hacinado en cárceles donde los presos son sistemáticamente torturados y violados con objetos punzantes introducidos en el ano hasta lesionarles los órganos internos, en las cárceles donde hay más de 300 niños detenidos por terrorismo en virtud de la ley que considera terrorista al niño que lanza una piedra contra el tanque que está ocupando su pueblo, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Tarantino deja la dirección y vuelve a actuar junto a Kylie Minogue.

    Han detenido las ambulancias, han hecho bajar a los paramédicos desarmados, los han asesinado uno tras otro, los han enterrado a los quince junto con sus ambulancias bajo la arena, pero no se puede decir que sea un «genocidio» y, en cualquier caso, Sinner alivia los calambres con zumo de pepinillos.

    Han arrasado ciudades enteras, colegios, iglesias, mezquitas, campos de fútbol y cafeterías a orillas del mar; han ocupado militarmente casi el 70 % de la Franja; han destruido todas las universidades; han obligado al 90 % de la población a vivir en tiendas de campaña, incendiado las tiendas, asesinado a más de 72 000 personas —21 000 de ellas niños—, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, este verano puede realzar sus pestañas con postizos desechables para resaltar la mirada sin apelmazarlas.

    Han disparado a los pescadores por pescar, a los periodistas por ejercer su profesión, matando a cientos de ellos en ejecuciones selectivas, pero no se puede decir que sea un genocidio; y, en cualquier caso, es el año del Caballo de Fuego en el calendario del horóscopo chino, y los asuntos prácticos, en particular los relacionados con el hogar y la familia, generan tensiones, pero solo si es usted Libra.

    Han hecho sobrevolar en plena noche los campamentos de desplazados con drones que emitían llantos de bebés y ladridos de perros para que la gente, aterrorizada, saliera al exterior y luego atacarla, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, sale el nuevo sencillo de Beyoncé.

    Han bombardeado sin piedad el Líbano, ocupado el sur del país, arrasado pueblos, obligado a huir a un millón de personas, matado desde el 7 de octubre a más de mil palestinos en Cisjordania, donde no hay Hamás, detenido, en Cisjordania, a uno de cada cuatro palestinos a lo largo de su vida y, también allí, han arrasado pueblos, degollado ovejas, talado olivos, agredido a las monjas, disparado a los sacerdotes y amenazado con armas a los carabineros italianos y a los diputados estadounidenses, además de torturar y secuestrar a activistas internacionales, a los eurodiputados, a los médicos y a los periodistas de todo el mundo; además, han instaurado un sistema de apartheid y han presentado planes de limpieza étnica mediante vídeos generados con IA en los que, en lugar de las casas de los palestinos, aparecen complejos turísticos de lujo y casinos, y a Trump y Netanyahu paseando por el paseo marítimo; pero no se puede decir que sea un genocidio, ni siquiera se pueden interrumpir las relaciones militares, comerciales y estratégicas con Israel, ni tampoco se puede dejar de vender armas a Israel; y solo se puede sancionar 20 —o mejor dicho, 21— veces a Putin por haber invadido Ucrania, pero cero veces a Israel, que ha invadido Palestina, el Líbano, Siria, ha bombardeado seis Estados soberanos con las armas de Trump, quien sanciona a los jueces internacionales, a la ONU y a cualquiera que tenga el valor de decir «genocidio» y de denunciar el apartheid; y, en cualquier caso, Giorgia Meloni, que no dice «genocidio», no reconoce a Palestina, no sanciona a Israel y aumenta el gasto militar tal y como le pide Trump, viste de Cucinelli —que detesta el verde y adora los colores pastel— y no dice «genocidio»; Giorgia Meloni, que promete mano dura contra los maranza, contra los migrantes irregulares y contra los Antifa, pero no mueve un dedo contra los asesinos israelíes y estadounidenses, acude a la peluquería de Mara Carfagna y Elisabetta Gregoraci para hacerse un «long bob» rubio miel con balayage.

    Y hay dos cosas que estudiarán las generaciones futuras: cómo fue posible y cómo fue posible que nosotros, los periodistas, habláramos principalmente de otras cosas. «Se nota que todos aspiraban al Premio Strega».

    (Publicado en: https://www.ilfattoquotidiano.it/2026/07/16/genocidio-gaza-crimini-israeliani-silenzio-media-notizie/8449070/)