Afrontemos un fin de semana, que parece resultará agradable para unos y no tanto para otros. Como se suele decir, «nunca llueve a gusto de todos», pero esta bajada de temperaturas aquí en mi zona es un verdadero descanso.
He cambiado de plantilla, aunque aquí, esto de las plantillas es como predicar en el desierto (inútil). Dicen las estadísticas de WordPress que 8 de cada 10 usuarios, no pisan, ni por asomo, el blog o los blogs que siguen. Lo gestionan todo desde el llamado «Lector» . Leer, comentar, añadir me gustas, etc.etc. (Ojo! si no tienes cuenta WP no tienes lector)
En el índice del blog, se presenta un mosaico de solo texto con las últimas entradas. Quizás por que soy, (fuí), fotógrafo profesional, no me gusta mucho el uso y abuso de las fotografías a troche y moche como decía mi madre. Se me antoja que la calidad y la cantidad son como el aceite y el vinagre.
Que tengáis un buen fin de semana
Mes: agosto 2026
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Corto y raso
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Colores y cerebro
¿Qué efecto tienen los colores en nuestro cerebro?

Autor: Francisco José Esteban Ruiz, Universidad de Jaén
fotografía: PsychoBeard/Shutterstock
Asociamos el color rojo a las señales de peligro y el verde nos transmite tranquilidad. Pensamos en el azul para decorar una habitación en la que relajarnos y en el color amarillo si nos proponemos llamar la atención.
Y bien sabemos que las marcas comerciales eligen cuidadosamente los tonos de sus logotipos e incluso que hay colores a los que les atribuimos la capacidad de mejorar nuestra concentración. Sí, estamos rodeados de ideas sobre cómo los colores afectan a nuestro cerebro.
Pero ¿existe realmente una neurociencia del color? La respuesta corta es sí. Y la larga, mucho más interesante.
El color no está en la luz
Aunque suene raro, los colores no existen en la luz. La luz contiene diferentes longitudes de onda (el llamado espectro electromagnético) y es nuestro sistema nervioso el que, en la zona del espectro visible y comparando las señales que le llegan a la retina, construye la experiencia que llamamos color.
El cerebro no dispone simplemente de un detector para el rojo, otro para el verde y otro para el azul. La retina humana contiene cinco tipos de células sensibles a la luz: bastones; conos sensibles a longitudes de onda corta (S), medias (M) y largas (L); y un tipo de células ganglionares que expresan el fotopigmento melanopsina.
De modo general, podemos resumir que la percepción cromática surge de la comparación entre las señales de diferentes tipos de conos. En cierto modo podemos decir, pues, que el color es una interpretación cerebral de la luz.
Pero la historia se vuelve aún más interesante cuando descubrimos que nuestros ojos contienen células sensibles a la luz cuya función principal no es ayudarnos a formar imágenes.
Mucho más que ver
Las células ganglionares retinianas intrínsecamente fotosensibles (ipRGCs) son neuronas que contienen melanopsina, un pigmento especialmente sensible a longitudes de onda cortas; con un máximo de sensibilidad próximo a los 480 nanómetros (nm, milmillonésimas partes de metro), el fotopigmento capta la región del espectro asociada al azul verdoso.
Las ipRGCs participan en lo que conocemos como la visión no visual. La expresión puede parecer contradictoria, pero lo que trata de describir es que nuestros ojos no solo envían al cerebro información para reconocer caras, leer estas palabras o distinguir una manzana roja de una verde. Estas células también informan sobre la cantidad y las características de la luz en el ambiente, con lo que contribuyen a regular el sueño, los ritmos circadianos, el estado de alerta y otros procesos fisiológicos.
Además, las ipRGCs no trabajan solas. Reciben información de los conos y de los bastones y participan en circuitos retinianos complejos capaces de integrar las señales relacionadas con el color.
Dicho de otro modo, cuando abrimos los ojos, la luz hace al menos dos cosas a la vez: nos permite ver el mundo y, además, informa a nuestro organismo sobre qué momento del día parece ser. Y lo digo así porque podría no serlo, porque podrían confundirse.
Pensemos en alguien que mira el teléfono móvil en la cama a medianoche; o sea, yo mismo. El reloj marca las doce, pero la retina está recibiendo una señal luminosa que dista mucho de estar asociada con la oscuridad de esa hora. Para algunos circuitos de nuestro cerebro, el mensaje que llega desde los ojos es que, quizá, todavía no sea el momento de dormir.
La paradoja del azul
Y aquí aparece una curiosa contradicción. Solemos asociar el azul con la calma. Basta con pensar en el cielo o en la mar. Sin embargo, la luz rica en las longitudes de onda cortas (entre los 460 y los 480 nm) puede producir justo lo contrario, especialmente durante la noche.
Una revisión sistemática y de tipo metaanálisis ha mostrado que la luz comprendida en el rango antes indicado puede aumentar el estado de alerta y modular la actividad cerebral y ciertas funciones cognitivas. Y estos efectos son mucho más evidentes durante la noche que durante el día.
¿Dónde está la explicación? Pues, en buena medida, en la melanopsina. Cuando esas longitudes de onda activan el fotopigmento, las ipRGCs que lo contienen responden y ponen en marcha vías nerviosas que conectan la luz ambiental con la regulación de nuestros ritmos biológicos al interferir con la secreción de melatonina, la hormona que producimos durante la noche y que actúa como una señal biológica de oscuridad.
¿Y el rojo nos pone nerviosos?
Ya hemos visto que el color que creemos percibir y el efecto fisiológico de la luz no son exactamente la misma cosa. Y, en este sentido, hay estudios que han encontrado diferencias en la actividad cerebral (mediante electroencefalografía) cuando observamos distintos colores.
Por ejemplo, se ha asociado la percepción del rojo con cambios en la banda alfa-3, banda que los autores relacionan con una posible respuesta emocional negativa y un aumento de la ansiedad. En cuanto a los estímulos azules y verdes, produjeron diferencias en la banda beta-1, lo cual se considera compatible con una mayor atención.
Pero cuidado, que hablamos de asociaciones entre determinados patrones de actividad cerebral y de estados emocionales o cognitivos, lo que no significa que el estudio haya demostrado que el rojo provoque ansiedad ni que el verde nos haga más atentos. Es decir, que de estos experimentos no podemos concluir que pintar una oficina de verde vaya a convertirnos automáticamente en trabajadores más concentrados.
En definitiva, nunca procesamos un color aislado del mundo. Un semáforo rojo, una rosa roja y una mancha roja sobre una bata blanca pueden compartir color y provocar, obviamente, experiencias completamente diferentes.
La construcción inconsciente del color
Revisando todos estos artículos, y partiendo de que creemos que los colores afectan a nuestro cerebro porque los vemos, la conclusión más interesante que sacaría en claro es la siguiente: lo que la neurociencia está demostrando es que parte de los efectos de la luz comienzan antes de que el cerebro haya construido conscientemente el color.
Sí, vemos la luz, pero nuestro organismo también la mide sin que seamos conscientes de ello. Y mientras nuestro cerebro decide si algo es azul, verde o rojo, otros circuitos están intentando responder a una pregunta mucho más básica: ¿es de día o es de noche?

Francisco José Esteban Ruiz, Profesor titular de Biología Celular, Universidad de Jaén
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
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Dolor
El dolor es una experiencia paradójica: nos aísla en lo más profundo de nuestra mente, pero al mismo tiempo es la huella más universal de la condición humana. No entiende de tiempos ni de permisos; llega como un visitante no deseado que desarmoniza el cuerpo o quiebra la calma del alma. No sé, para el resto de los seres vivos o sintientes, supongo que de algún modo, el dolor va parejo con la consciencia y en este sentido todos ellos, tendrán alguna u otra forma de dolor.

Sin embargo, en su crudeza, el dolor cumple una función vital: es la alarma que nos avisa de que algo requiere atención. Mientras que el dolor físico señala la herida que busca cicatrizar, el dolor emocional revela aquello que nos importa, lo que hemos amado o lo que necesitamos sanar. No es un destino permanente, sino un proceso de transformación que, aunque nos deja marcas, también nos enseña la verdadera medida de nuestra fortaleza.
El dolor puede presentarse como un «regalo» inesperado que viene envuelto con el papel coloreado del miedo. Pocas cosas atemorizan más que sufrir un dolor sin saber su razón, su causa. Ese desconocimiento envuelve el dolor, añadiéndole temor. En muchas ocasiones, cuando el profesional de la salud te explica la causa de tu dolor, esa información resulta ser la primera capa analgésica, el primer alivio.
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77
Para un matemático, el 77 abandona el misticismo y se convierte en un objeto de estudio fascinante por sus propiedades numéricas, algebraicas y su comportamiento dentro de la teoría de números. Para un simple mortal como yo 77 es solo la cuantificación de un trayecto. El que transcurre desde un nacimiento hasta el momento presente. Desde un punto de vista astronómico, solo se trata de las veces que el Sol ha vuelto a «pisar» un punto concreto en el baile Tierra-Sol en el salón de baile que supone esa línea que llamamos eclíptica. Los astrólogos, llaman a eso una «revolución solar» y los sabios populares, cumpleaños. Algunos, supuestamente más duchos, prefieren hablar de aniversario y los nativos digitales, en su ánimo de teclear lo menos posible, escriben «cumple»
Es un número hermoso; resultado de sumar los primeros ocho números primos:
2 + 3 + 5 + 7 + 11 + 13 + 17 + 19 = 77
Los matemáticos verían mucha más poesía en el número y nos dirían que se trata de un «compuesto semiprimo» que tiene tres divisores propios: 1, 7 y 11.
Sin embargo, la poesía que veo es prosa poética y se trata solo del relato de una vida que ya empieza a ser larga. -
Actividades de riesgo

Se llama Sophie Adenot y muy posiblemente hoy, en algunos telediarios, la habréis podido ver reparando una antena de telecomunicaciones en esa actividad de riesgo que se conoce como «caminata espacial» por bien que se camina poco y se flota mucho.
Sophie Marie Laurence Adenot, (44 años) es una ingeniera, piloto de helicóptero y astronauta francesa. Tiene el rango de coronel de la Fuerza Aérea y Espacial Francesa y se convirtió en la primera mujer piloto de pruebas de helicóptero de Francia en 2018.Actualmente vive en la Estación Espacial Internacional.
foto: NASA/Helen Arase Vargas
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No es la Luna…
…es el Sol: así influye el calor extremo en los comportamientos delictivos
Luna llena
Kabir9698/Shutterstock Autoría: César San Juan, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
Desde tiempos remotos, la cultura popular ha atribuido a la Luna llena la capacidad de alterar el comportamiento humano y desatar impulsos violentos. De hecho, la palabra “lunático” tiene ese origen. Sin embargo, la investigación científica no ha encontrado pruebas sólidas de que este cuerpo celeste rocoso condicione nuestro comportamiento.
Donde sí encontramos evidencia empírica, y cada vez más robusta, es en la relación entre las altas temperaturas y el incremento de la violencia. No es la Luna lo que debería preocuparnos. Es el Sol.
El calor como detonante: qué dice la ciencia
Recientes estudios sobre la relación entre temperatura y crimen han producido hallazgos tan reveladores como inquietantes. Un metaanálisis publicado en Environmental Health Perspectives, que analizó estudios publicados entre 1946 y 2023, concluyó que las temperaturas elevadas se asocian de forma consistente con mayores tasas de criminalidad, especialmente de carácter violento. Y en Finlandia , la temperatura ambiente explicó el 10% de la varianza en la tasa de crimen violento a lo largo de más de una década, con un aumento del 1,7% por cada grado centígrado adicional.
Otro estudio sobre 44 ciudades estadounidenses entre 2005 y 2022 encontró que el riesgo de ser víctima de un delito era especialmente alto en aquellas localidades donde las temperaturas se desviaban de sus registros históricos.
¿Cómo se explican estos hallazgos? Por un lado, la hipótesis temperatura-agresión sostiene que el calor produce un estrés fisiológico que incrementa la irritabilidad, reduce el autocontrol e induce impulsividad. Por otra parte, la teoría de las actividades rutinarias sugiere que, cuando hace calor, la gente sale más, cambia sus hábitos, y aumentan las oportunidades de encuentro entre potenciales agresores y posibles víctimas.
Lejos de ser mutuamente excluyentes, probablemente ambos mecanismos actúan en paralelo.
Violencia en el hogar: el espacio privado no es más seguro
El efecto del calor no se limita al espacio público. La violencia intrafamiliar y, de forma especialmente preocupante, la violencia de género siguen un patrón estacional bien documentado. En Estados Unidos, el Bureau of Justice Statistics constató que las tasas de violencia en la pareja son significativamente más altas en verano (un 12%) que en el resto del año.
En España, las cifras son especialmente elocuentes. Según datos del Ministerio de Igualdad, se observa una pauta estacional persistente: los meses con mayor concentración de víctimas son los de verano y las vacaciones navideñas. Esta doble estacionalidad –verano y Navidad– revela algo crucial: no es solo el calor lo que importa (o el frío) sino la convivencia forzosa. Las vacaciones implican más horas compartidas entre víctima y agresor, un mayor aislamiento de la mujer respecto a su red de apoyo social y posibles tensiones económicas añadidas.
Sea como fuere, es imprescindible subrayar un matiz fundamental: el calor no “crea” maltratadores. La violencia de género es un problema estructural, arraigado en dinámicas de poder y control. Lo que las altas temperaturas pueden hacer es aumentar las probabilidades de que un potencial agresor pierda el control de sus impulsos. El factor ambiental actúa como desencadenante, no como causa.
La sombra del cambio climático
Si la temperatura y la violencia están vinculadas, el cambio climático añade una dimensión preocupante a este panorama. Un estudio publicado en Environmental Research Letters en el 2020 combinó modelos estadísticos de crimen con 42 modelos climáticos globales y proyectó que Estados Unidos podría sufrir entre 2,3 y 3,2 millones de crímenes violentos adicionales entre 2020 y 2099, dependiendo del escenario de emisiones de gases de efecto invernadero.
La criminalidad, como tantas otras consecuencias del calentamiento global, no es neutra desde el punto de vista de la equidad: golpeará con más fuerza a quienes ya parten de una posición de desventaja. Las regiones con mayor vulnerabilidad social, menor acceso a climatización y tejidos urbanos más densos –las llamadas “islas de calor” urbanas– experimentarán este efecto con mayor intensidad. La criminalidad, como tantas otras consecuencias del calentamiento global, no es neutra desde el punto de vista de la equidad: golpeará con más fuerza a quienes ya parten de una posición de desventaja.
La “buena” noticia es que estas proyecciones son sensibles al escenario de emisiones. Los mismos modelos muestran que un calentamiento limitado a 1,5ºC (el umbral del Acuerdo de París) implicaría daños significativamente menores que un escenario de emisión sin restricciones. Dicho de otro modo, cada décima de grado que se evite no solo preserva glaciares y ecosistemas: también puede salvar vidas en los barrios más vulnerables de nuestras ciudades.
Más allá del mito lunar
La Luna, con toda su carga poética y simbólica, no altera las estadísticas criminales. El aumento de la temperatura terrestre sí lo hace. La evidencia acumulada en décadas de investigación criminológica, epidemiológica y psicológica dibuja un panorama meridiano: el calor extremo incrementa la agresión en el espacio público, amplifica el riesgo de violencia intrafamiliar y, con la llegada del cambio climático, amenaza con convertirse en un factor de inseguridad de primera magnitud.
Entender estos patrones puede ayudarnos a diseñar políticas públicas más eficaces: reforzar los servicios de atención a víctimas de violencia de género durante los meses estivales, intensificar la presencia policial en momentos y espacios de mayor riesgo, o integrar la variable climática en los modelos de prevención del delito.

César San Juan, es Profesor de Psicología Criminal. Dpto. Psicología Social, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea El artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

