Autor: Ricard Pardo

  • Adversarios políticos

    Adversarios políticos

    ¿Vemos siempre al adversario político como peor persona?

    Imagen:  marcogarrincha/Shutterstock
    Autoría: Cristian Catena-Fernández, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia y Saulo Fernández Arregui, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

    En muchos debates políticos actuales no solo discutimos ideas, leyes o propuestas. Discutimos algo más profundo: qué tipo de personas somos. Apoyar o rechazar una causa no se percibe solo como una opinión política con consecuencias prácticas, sino también como una señal de quiénes somos desde un punto de vista moral.

    Esto ayuda a entender por qué algunas conversaciones políticas se vuelven incómodas y poco productivas. Cuando el desacuerdo deja de tratar sobre qué medida es mejor y pasa a interpretarse como una falta de valores, el debate cambia de naturaleza.

    En nuestras investigaciones recientes, realizadas desde el Departamento de Psicología Social y de las Organizaciones de la UNED, hemos analizado cómo las personas de izquierda y de derecha perciben moralmente distintos temas políticos, cómo se juzgan moralmente entre sí y qué consecuencias tienen estas percepciones para la convivencia política.

    Causas “más morales” que otras

    Una investigación publicada en European Journal of Social Psychology muestra que las causas políticas no se perciben como moralmente equivalentes. Temas políticos defendidos tradicionalmente por la izquierda (igualdad de género, protección del medioambiente o derechos de las personas migrantes, entre otros) se perciben como causas con una carga moral especialmente fuerte. En cambio, temas políticos defendidos tradicionalmente por la derecha (seguridad nacional, orden social o defensa de las tradiciones) se perciben con menor carga moral.

    Lo más llamativo es que esta diferencia no solo aparece entre quienes se identifican con la izquierda. También las personas de derecha tienden a percibir las causas progresistas con una carga moral más alta que las causas conservadoras.

    Estos resultados sugieren que, más allá de la ideología individual, algunos temas de la agenda progresista se han convertido en causas especialmente moralizadas en el debate público. No defenderlos puede verse no solo como una discrepancia política, sino como una señal de que no se está haciendo lo correcto.

    En la misma investigación, también observamos diferencias en la forma en que las personas de izquierda y de derecha se juzgan moralmente.

    Específicamente, cuando se discuten temas defendidos tradicionalmente por la izquierda, tanto las personas de izquierda como las de derecha tienden a percibir a las de izquierda como más justas o éticamente responsables que las de derecha. En cambio, estas diferencias no se encuentran cuando se discuten temas defendidos tradicionalmente por la derecha.

    Otro hallazgo del mismo trabajo es que las personas de derecha son conscientes de esa imagen moral negativa cuando se discuten temas tradicionalmente asociados a la izquierda. Es decir, creen que son vistas como menos justas o menos éticamente responsables por las personas de izquierda.

    Desde el punto de vista psicológico y social, esto es clave. La moral no es un adorno de la identidad: es una parte central de cómo nos vemos a nosotros mismos y de cómo vemos a los demás. Cuando alguien siente que su grupo es retratado como moralmente inferior, no suele reaccionar replanteándose sus creencias con calma o apertura. En esas condiciones, puede activarse una respuesta defensiva que contribuiría a reforzar la polarización política entre grupos ideológicos.

    El alimento para la polarización

    En otra investigación reciente, publicada en Group Processes & Intergroup Relations, analizamos las consecuencias de estas percepciones en personas de izquierda y de derecha. Mostramos a los participantes información sobre cómo el grupo ideológico contrario valora moralmente a su propio grupo en relación con el medioambiente. En algunos casos, hacíamos creer a los participantes que el grupo ideológico contrario les veían como inmorales; en otros, les hacíamos creer que les veían como igual de morales que ellos.

    Los resultados mostraron que cuando las personas de derecha perciben que su grupo es visto como inmoral en cuestiones medioambientales, experimentan una amenaza a su identidad moral. Es decir, sienten que se pone en cuestión su valía como personas moralmente correctas. Esta reacción no aparece entre las personas de izquierda.

    Observamos, además, que esta amenaza no se traduce en mayor apertura al cambio. Al contrario, la amenaza tiende a reforzar las posiciones iniciales: aparecen actitudes más extremas y una mayor intención de votar por ideologías afines.

    Concluimos así que, paradójicamente, moralizar el debate político con la intención de convencer al otro puede provocar respuestas defensivas, intensificando de esta manera la posición de partida.

    Esta investigación también muestra que este proceso no es inevitable. Cuando se atenúa la amenaza a la identidad moral –por ejemplo, permitiendo a los participantes moralmente amenazados reafirmar su propia imagen moral–, la intensificación del posicionamiento inicial disminuye.

    Por lo tanto, las reacciones defensivas no dependen solo del contenido de cada causa política. También depende de si esa causa se convierte en un juicio sobre la valía moral de la persona. Cuando ese juicio se suaviza, también se reduce la necesidad de responder de forma defensiva.

    Percepción de las causas progresistas

    Nuestros estudios sugieren que algunas causas tradicionalmente defendidas por la izquierda se perciben con una carga moral especialmente alta, no solo por personas de izquierda, sino también por la sociedad en general. Esto parece afectar a cómo juzgamos moralmente a las personas que las defienden: cuando se discuten causas progresistas, las personas de izquierda tienden a ser percibidas de una forma moralmente más positiva que las personas de derecha.

    Las democracias necesitan desacuerdo. Pero tienen dificultades para funcionar cuando cada discrepancia se interpreta como una falta de valores. Comprender el papel que juegan estas percepciones morales ayuda a explicar por qué algunos debates políticos se vuelven intensos y difíciles de resolver.The Conversation

    Cristian Catena-Fernández, Profesor en el Departamento de Psicología Social y de las Organizaciones, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia y Saulo Fernández Arregui, Catedrático de Universidad. Psicología Social., UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

  • Ojo, no te enrampes.

    Ojo, no te enrampes.

    No existe una cifra histórica global oficial unificada sobre cuántas víctimas ha ocasionado la corriente eléctrica desde la implantación de las redes de transporte y su uso masivo, pero haciendo un cálculo estimado basado en la evolución de las tasas de mortalidad por electrocución a lo largo del último siglo y medio, la cifra total se sitúa razonablemente entre las 500.000 y 1.000.000 de personas fallecidas a causa de la corriente eléctrica artificial desde el despliegue de las primeras redes eléctricas comerciales (aproximadamente desde la década de 1880).

    La evolución histórica de las fatalidades:

    1. Los inicios de la electrificación (1880 – 1930)

    En los primeros años de la «Guerra de las Corrientes» (Edison vs. Westinghouse/Tesla), las medidas de seguridad eran prácticamente inexistentes: cables desnudados al aire libre, falta de aislamiento y aparatos caseros inestables.

    • En grandes urbes como Nueva York o Londres, las décadas de 1880 y 1890 registraron cientos de muertes anuales en las calles por cables caídos o accidentes industriales.
    • Durante este período temprano, la tasa de mortalidad era desproporcionadamente alta en relación con las pocas personas que tenían acceso a la luz eléctrica.

    2. La era del consumo masivo e industrialización (1930 – 1980)

    A medida que la red eléctrica llegó al grueso de la población mundial, aumentaron de forma exponencial los accidentes domésticos y laborales en la construcción e industria.

    • En países industrializados (EE. UU., Europa, Japón), durante la mitad del siglo XX se alcanzaban promedios de 1,5 a 3 muertes anuales por cada millón de habitantes solo por electrocución.
    • En Estados Unidos, por ejemplo, hasta los años 70 y 80 solían morir más de 1.000 personas al año por esta causa.

    3. Reducción gracias a la seguridad moderna (1980 – Actualidad)

    El invento y la obligatoriedad del diferencial (ID) o interruptor de falla a tierra (GFCI) en las viviendas, sumados a las normativas laborales de protección, desplomaron las muertes en el mundo desarrollado.

    • En los países desarrollados, la tasa cayó a 0,2 – 0,5 muertes por millón de personas al año.
    • En la actualidad, en EE. UU. mueren unas 300-400 personas al año por electrocución, mientras que en países europeos como España las cifras suelen rondar entre 50 y 150 fallecidos anuales (contando ámbito doméstico y laboral).
    • No obstante, en países en vías de desarrollo con infraestructuras informales o tendidos precarios, las tasas de fatalidad siguen siendo significativamente más elevadas hoy en día.

    ¿Cómo se desglosa la estimación global?

    Si se toma un promedio ponderado histórico global aproximado de 5.000 a 10.000 muertes anuales a escala mundial a lo largo de los últimos ~140 años de uso comercial de la red eléctrica:

    (Ajustando a la baja debido a que a principios del siglo XX la población mundial conectada a la red era una pequeña fracción de la actual, la horquilla más realista se consolidaría alrededor de las 600.000 a 800.000 muertes históricas).

    Esta cifra contempla accidentes por choque eléctrico directo y arcos eléctricos en la red o aparatos domésticos/industriales; no incluye los rayos naturales ni los incendios colaterales provocados por cortocircuitos.

    ¿Te parece mucho, poco, lo esperable? ¿Más o menos como otras tecnologías?

  • El hielo del ártico

    El hielo del ártico

    Las imágenes diarias de la capa de hielo en el Océano Ártico muestran cómo el hielo marino se derrite alrededor del polo desde el 15 de marzo de 2026 hasta el 12 de septiembre de 2026.Trent Schindler/Estudio de Visualización Científica de la NASA

    El hielo marino del Ártico alcanzó su extensión mínima anual el 12 de septiembre, según la NASA y el Centro Nacional de Datos de Nieve y Hielo (NSIDC) de la Universidad de Colorado Boulder. El hielo cubrió una superficie estimada de 1,78 millones de millas cuadradas (4,6 millones de kilómetros cuadrados), igualando los mínimos de 2008, 2010 y 2025, lo que representa el décimo mínimo más bajo registrado por satélite.

    El mínimo de 2026 coincide con los patrones observados en los registros satelitales. Los últimos 20 años, desde 2007 hasta 2026, han registrado los 20 mínimos anuales más bajos de extensión del hielo marino ártico observados desde que comenzaron las mediciones satelitales continuas a finales de 1978.

    El hielo marino del Ártico crece durante el oscuro y frío otoño e invierno, y retrocede a medida que aumentan las temperaturas en primavera y verano, alcanzando generalmente su menor extensión en septiembre. Las condiciones meteorológicas pueden provocar diferencias sustanciales en la cantidad de hielo que se derrite de un verano a otro.

    Por ejemplo, en la última década, el aumento de la nubosidad ha impedido que la radiación solar acelere aún más el deshielo del hielo marino, según Linette Boisvert, científica especializada en hielo marino del Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA en Greenbelt, Maryland.

    Eso ha contribuido a que la extensión del hielo marino en septiembre se haya mantenido relativamente estable en los últimos años. «Hemos alcanzado una meseta, pero aún estamos por debajo de los niveles de la primera parte del registro», dijo Walt Meier, científico investigador sénior del NSIDC .

    Reblog desde NASA. Ver el original

  • Mis conversaciones con la IA

    Mis conversaciones con la IA

    Noxeus: Me pregunto si me podrías hacer una imagen de los cuatro jinetes del Apocalipsis, pero añadiendo otro caballo y jinete que representarían la amenaza tan cacareada de la I.A. que segun voces, puede acabar con la humanidad.Por favor, no te enfades. ¿Puedes?

    Gemini: Generando imagen…

    Noxeus: Bravo! Me gusta mucho.

    Gemini: ¡Muchas gracias! 👏Me alegra mucho que te haya gustado la composición. La verdad es que reunir a la Victoria (o Pestilencia), la Guerra, la Hambre y la Muerte con una IA hipertecnológica cabalgando a su lado ha quedado con un contraste de lo más épico y apocalíptico. ¡Prometo que el «quinto jinete» de momento solo se dedica a generar imágenes y responder preguntas! 😉

    Nota: El subrayado de la expresión «de momento» lo he añadido yo.

  • Suerte!

    Suerte!

    (artículo de opinión personal)
     
    La suerte tiene su definición formal. Se entiende habitualmente que es  la causa o fuerza invisible a la que atribuimos los sucesos fortuitos, favorables o adversos, que ocurren sin una explicación racional o fuera de nuestro control.
    ¿Te convence esta definición?
    En cualquier caso, para abordar si aceptamos que existe, conviene descomponer el concepto desde distintos puntos de vista:
     
     

    1. Desde la ciencia y la probabilidad: No existe como «fuerza»

    En el ámbito físico y matemático, la suerte no existe como una entidad o energía que favorece a unas personas sobre otras. Lo que llamamos «suerte» es simplemente azar, probabilidad y coincidencia:
    Que te toque la lotería o que te caiga un rayo no depende de tu aura o destino, sino de leyes estadísticamente impersonales. El cerebro humano está diseñado para buscar patrones y significado donde solo hay eventos aleatorios, lo que nos lleva a atribuir a «la suerte» lo que en realidad son puras variaciones estadísticas.

    2. Desde la psicología: Sí existe como actitud e interacción.

    El psicólogo Richard Wiseman dedicó años a estudiar a personas que se consideraban «afortunadas» y «desafortunadas». Descubrió que la suerte no era algo místico, sino una forma de percibir y actuar en el mundo. Sus experimentos mostraron que las personas «con suerte»:
    Son más observadoras: Detectan oportunidades donde otros están demasiado enfocados en un plan rígido.
    Tienen mayor apertura: Prueban cosas nuevas y amplían su red de contactos, multiplicando las probabilidades de que ocurran cosas positivas.
    Mantienen expectativas optimistas: Tienden a perseverar ante el fracaso, convirtiendo situaciones desfavorables en aprendizajes.

    3. La perspectiva filosófica: El punto de partida inmerecido

    Filósofos como Séneca o pensadores modernos aluden a lo que se conoce como suerte moral o de nacimiento: no elegimos dónde nacer, nuestros genes, la época o la salud inicial. En ese sentido, la «suerte» existe como un factor de partida inevitable que condiciona las circunstancias de nuestra vida, sobre el cual luego aplicamos nuestras decisiones.

    Como resumía la célebre frase atribuida al estoicismo: «La suerte es lo que ocurre cuando la preparación se encuentra con la oportunidad». El azar objetivo existe; la «suerte» es la interpretación y la capacidad que tenemos de aprovechar la probabilidad a nuestro favor.

    Antes he mencionado a Richard Wiseman, psicólogo y profesor de la Universidad de Hertfordshire, que dedicó más de una década a investigar la naturaleza de la suerte en lo que denominó «The Luck Project» (El Proyecto Suerte). 
    Su conclusión fue contundente: las personas no nacen con suerte ni están perseguidas por la mala fortuna. Lo que llamamos «suerte» es, en realidad, un conjunto de hábitos mentales y comportamientos que aumentan o reducen significativamente la probabilidad de experimentar eventos afortunados.

    Los experimentos icónicos de Wiseman

    Para entender cómo funciona, Wiseman reclutó a cientos de personas que se clasificaban a sí mismas como «extremadamente afortunadas» o «extremadamente desafortunadas» y puso a prueba sus diferencias de comportamiento.

    1. El experimento del periódico

    Wiseman entregó un periódico a ambos grupos y les pidió que contaran cuántas fotografías había en su interior.
    Las personas que se consideraban «desafortunadas» tardaron en promedio unos dos minutos en contar las fotos.
    Las personas «afortunadas» tardaron apenas unos segundos.
    ¿El truco? En la segunda página del periódico, Wiseman había impreso un mensaje gigantesco que ocupaba media página y decía: «Deja de contar: hay 43 fotografías en este periódico». Las personas desafortunadas estaban tan obsesionadas con la tarea puntual (contar) que no vieron el anuncio. Los afortunados, más relajados y atentos al entorno, lo detectaron de inmediato. De hecho, en medio del periódico puso otro mensaje: «Deja de contar, dile al investigador que has visto esto y gana 250 libras». Nuevamente, solo las personas «con suerte» lo vieron.

    2. La prueba de la personalidad y la ansiedad

    Tras evaluar a los participantes con tests psicológicos, Wiseman descubrió que las personas «desafortunadas» presentaban niveles de ansiedad significativamente más altos que los afortunados.
    La ansiedad genera una visión de túnel: te enfocas tanto en un objetivo específico o en prevenir un peligro que te pierdes las oportunidades periféricas. Los afortunados, al estar más tranquilos y abiertos, perciben lo inesperado.

    Los 4 principios para «entrenar» la buena suerte

    A partir de sus hallazgos, Wiseman diseñó una «Escuela de la Suerte» donde enseñó a personas afortunadas y desafortunadas a aplicar cuatro principios psicológicos. El 80% de los participantes reportó un aumento significativo en su buena suerte y satisfacción con la vida.
    1. Maximizar las oportunidades de azar:
      • Las personas afortunadas crean, detectan y actúan ante las oportunidades imprevistas.
      • Cómo entrenarlo: Rompe la rutina. Toma un camino diferente al trabajo, habla con desconocidos, diversifica tus lecturas o actividades. Cuanta más variedad metas en tu vida, mayor es la red de posibilidades estadísticas que despliegas.
    2. Escuchar las intuiciones («pálpitos»):
      • Los afortunados toman decisiones acertadas haciendo caso a sus sensaciones corporales o intuiciones profundas en lugar de sobreanalizar hasta la parálisis.
      • Cómo entrenarlo: Apoya tus decisiones racionales escuchando cómo responde tu cuerpo ante una alternativa. La intuición suele ser el cerebro procesando patrones subconscientes basados en la experiencia previa.
    3. Esperar la buena fortuna (Expectativas optimistas):
      • Las personas con suerte asumen que el futuro estará lleno de cosas positivas. Esta expectativa se convierte en una profecía autocumplida: como esperan que las cosas salgan bien, persisten más tiempo ante la adversidad y se vuelven más sociables y atractivas para otros.
      • Cómo entrenarlo: Plantea tus metas asumiendo un resultado favorable, lo que te dará la energía necesaria para intentar cosas difíciles más veces.
    4. Transformar la mala suerte en buena:
      • Cuando a una persona afortunada le ocurre algo malo, utiliza el pensamiento contrafáctico positivo: se imagina cómo la situación podría haber sido peor.
      • Ejemplo: Si se rompen una pierna, en lugar de pensar «qué mala suerte tengo», piensan «qué suerte que no me rompí la espalda». Esta mentalidad evita el desánimo, les ayuda a tomar el control de la situación y a aprender de los errores rápidamente.

    Un ejercicio práctico para empezar: El «Diario de la Suerte»

    Si quieres aplicar esto hoy mismo, Wiseman sugiere llevar durante un mes un pequeño cuaderno nocturno donde anotes únicamente:
    • Tres cosas afortunadas o positivas que te hayan ocurrido durante el día (por pequeñas que sean).
    • Cómo contribuiste tú (directa o indirectamente) a que sucedieran.

    Este simple hábito reconfigura la atención selectiva de tu cerebro, obligándote a buscar oportunidades a lo largo del día en lugar de centrarte en las frustraciones.

    Concluyo que, si bien la suerte NO EXISTE, buscarla en una actitud en la vida que no puede traer otra cosa más que beneficios. 
    ¡Suerte!

     
  • Analema

    Analema

    La imagen principal muestra el Sol en diversas posiciones sobre las piedras de Callanish. Consulte la explicación para obtener información más detallada.
    Analema sobre las piedras de Callanish.
    Crédito y derechos de autor de la imagen: Giuseppe Petricca

    Si sales a la misma hora todos los días y tomas una foto que incluya el Sol , ¿cómo cambiaría su posición?
    Una respuesta visual a esta pregunta es lo que se llama un
    analema, una imagen compuesta tomada desde el mismo lugar a la misma hora durante un año. El analema que se muestra se compuso a partir de imágenes tomadas cada pocos días al mediodía cerca del pueblo de Callanish, en las Hébridas Exteriores de Escocia , Reino Unido. En primer plano se encuentran las Piedras de Callanish, un círculo de piedra construido alrededor del 2700 a. C. durante la Edad de Bronce . Se desconoce si la ubicación de las Piedras de Callanish tiene o tuvo alguna importancia astronómica. Las causas principales de la forma de ocho de este y de todos los analemas son la inclinación del eje terrestre y la elipticidad de la órbita de la Tierra alrededor del Sol .
    En los solsticios, el Sol aparecerá en la parte superior o inferior del analema. La imagen que se muestra se tomó cerca del solsticio de diciembre, por lo que el Sol aparece cerca de la parte inferior. Los equinoccios , sin embargo, corresponden a los puntos medios del analema, no al punto de intersección . En dos días habrá un equinoccio («noche igual»), cuando el día y la noche tendrán la misma duración en todo el planeta Tierra. Muchas culturas celebran el cambio de estación en un equinoccio .

  • Ignoramos las alertas?

    Ignoramos las alertas?

    50 000 móviles sonando en el Camp Nou: ¿estamos aprendiendo a ignorar las alertas?

    Mucho público en las gradas de un estadio de futbol.

    Christian Bertrand/Shutterstock

    Autoría del artículo: Fernando Medina Morales, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Víctor G. Núñez, Universitat Pompeu Fabra

    Durante el partido entre el FC Barcelona y el Racing de Santander, los teléfonos móviles de buena parte de los 50 568 espectadores presentes en el Camp Nou empezaron a sonar simultáneamente. Un mensaje ES-Alert advertía de lluvias torrenciales y riesgo de inundaciones, y recomendaba evitar los desplazamientos y las actividades al aire libre. Sin embargo, el partido continuó y el público permaneció en las gradas.

    La escena podría interpretarse como una muestra de indiferencia ante el peligro. Pero permanecer dentro del estadio quizá era más seguro que provocar la salida simultánea de miles de personas en plena tormenta. El episodio plantea, en realidad, una cuestión más compleja: ¿qué debe hacer la ciudadanía cuando recibe una alerta pero a su alrededor todo continúa con aparente normalidad?

     

    La tecnología funcionó: el mensaje llegó en pocos segundos a miles de personas. Sin embargo, una alerta no es eficaz únicamente solo porque se haya recibido. Lo es cuando permite comprender el riesgo y tomar una decisión para protegerse.

    Una herramienta para captar nuestra atención

    ES-Alert es el sistema español de avisos de emergencia a teléfonos móviles. Utiliza la tecnología de difusión por celdas (cell broadcast) para enviar mensajes a los dispositivos conectados a las antenas de una zona determinada. No necesita conocer los números de teléfono de los destinatarios ni requiere ninguna aplicación, conexión a internet o registro previo.

    Su principal ventaja es evidente: permite dirigirse de manera rápida y masiva a las personas que se encuentran dentro de un territorio amenazado. Además, el mensaje aparece acompañado de un sonido y una vibración difíciles de ignorar, incluso cuando el teléfono está en silencio.

    Pero ES-Alert es solo una de las piezas del sistema de alerta temprana. Detectar el peligro y difundir un aviso no es suficiente. Para que la alerta reduzca realmente los daños, las personas deben entenderla, considerarla creíble, identificar qué comportamiento se espera de ellas y disponer de tiempo y capacidad para actuar.

    Recibir no significa actuar

    Las investigaciones sobre la respuesta ciudadana a las emergencias demuestran que entre la recepción de un aviso y la adopción de una conducta protectora hay un proceso de interpretación y decisión. El Modelo de Decisión de Acción Protectora explica que las personas no responden automáticamente a una alerta como si fueran interruptores que se puedan activar desde un centro de emergencias.

    En un investigación realizada en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria por el grupo de investigación GEOTIGMA se denominó “latencia social” al tiempo que transcurre entre la recepción de una alerta y el inicio de la respuesta ciudadana.

    Primero intentamos determinar qué está pasando: ¿la amenaza es real?, ¿me puede afectar?, ¿qué debería hacer? Después buscamos información adicional: consultamos las redes sociales, los medios de comunicación o las aplicaciones meteorológicas; hablamos con las personas que tenemos cerca y observamos cómo reaccionan los demás.

    Este comportamiento también se ha observado empíricamente: en un estudio sobre ES-Alert en Gran Canaria, una parte de los participantes recurrió a las redes sociales o a los medios de comunicación para verificar o ampliar la información recibida.

    Este comportamiento no tiene por qué ser necesariamente irracional. Contrastar la información puede ayudarnos a tomar una decisión correcta. El problema aparece cuando el mensaje es ambiguo o cuando las señales recibidas son contradictorias, porque la búsqueda de confirmación consume parte del tiempo disponible para protegernos.

    En el Camp Nou, miles de personas recibieron un mensaje que advertía de un riesgo potencialmente grave mientras el partido continuaba disputándose. Los jugadores permanecían en el campo, el público continuaba en las gradas y no se transmitía ninguna instrucción específica por la megafonía del estadio. Ante esta situación, la conducta de los demás actuó como una segunda fuente de información: si nadie interrumpe el partido ni nos indica que debamos desplazarnos a otra zona, quizá el peligro no sea tan inmediato.

    ¿Salir del estadio o quedarse?

    El mensaje recomendaba evitar los desplazamientos y las actividades al aire libre. Esta instrucción era razonable para quienes todavía se encontraban en casa, pero resultaba menos clara para las más de 50 000 personas que ya estaban dentro del estadio.

    ¿Debían abandonarlo a pesar de la recomendación de no desplazarse? ¿Era preferible permanecer en las gradas? ¿Había alguna zona interior más segura? ¿Qué había que hacer al terminar el partido si la tormenta continuaba?

    No parece razonable interpretar la permanencia del público como una simple desobediencia. La evacuación de un estadio también puede generar riesgos, especialmente si decenas de miles de personas salen al mismo tiempo bajo una lluvia intensa. La cuestión no es, por tanto, si el partido debía suspenderse automáticamente, sino si la alerta iba acompañada de instrucciones adaptadas a las personas que se encontraban en un recinto de grandes dimensiones.

    Una advertencia general difícilmente puede resolver por sí sola todas estas situaciones. Por eso es fundamental la coordinación entre Protección Civil, las autoridades locales, los responsables del evento y los servicios de seguridad. El mensaje enviado a los móviles, la información ofrecida por megafonía y las decisiones adoptadas por la organización deben transmitir una orientación coherente.

    Cuando una alarma se convierte en ruido

    El sonido de ES-Alert está diseñado para interrumpirnos. Su carácter excepcional forma parte de su eficacia. Si se utiliza con demasiada frecuencia, para territorios excesivamente amplios o con instrucciones poco relacionadas con la situación concreta de las personas que lo reciben, estas pueden acostumbrarse a él y, por tanto, restarle importancia.

    El uso del sistema ha aumentado considerablemente en Cataluña. Según datos de Protección Civil, el número de alertas enviadas pasó de 36 en 2024 a 75 en 2025, más del doble en tan solo un año. Este incremento no significa que cada ciudadano recibiera todos estos mensajes, ya que muchas activaciones se dirigieron a zonas geográficas concretas. Tampoco demuestra, por sí solo, que las alertas fueran innecesarias, pero sí confirma que una herramienta concebida como excepcional se utiliza cada vez con más frecuencia.

    Esto no significa que haya que enviar menos alertas a cualquier precio: no alertar ante una amenaza grave puede tener consecuencias irreparables. y tampoco significa que cualquier aviso que finalmente no acabe en una catástrofe constituya una falsa alarma: las decisiones deben tomarse con información incompleta y antes de conocer el desenlace.

    El riesgo aparece cuando la ciudadanía recibe repetidamente avisos poco relevantes o que no le permiten saber qué tiene que hacer. Las investigaciones sobre la sobrealerta y la fatiga asociada demuestran que esta situación puede favorecer la desconexión de los usuarios e incluso la desactivación de determinadas notificaciones.

    La tecnología no puede actuar por nosotros

    El episodio del Camp Nou no demuestra que ES-Alert haya fracasado. Al contrario: pone de manifiesto su extraordinaria capacidad para captar simultáneamente la atención de miles de personas. Pero también muestra los límites de una comunicación que termina en la pantalla del teléfono.

    Una alerta eficaz debe explicar qué ocurre, dónde está el peligro, a quién afecta, qué hay que hacer y durante cuánto tiempo. En lugares con grandes concentraciones de personas, además, debe estar coordinada con los responsables del recinto, que pueden convertir el aviso general en instrucciones concretas.

    La pregunta no es únicamente si estamos aprendiendo a ignorar las alertas. También debemos preguntarnos si las estamos diseñando de manera que la ciudadanía pueda reconocer cuándo debe actuar y cómo hacerlo. Porque el verdadero éxito de ES-Alert no consiste en hacer sonar 50 000 móviles, sino en conseguir que 50 000 personas sepan qué deben hacer después.The Conversation

    Fernando Medina Morales, Profesor de Geografía, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Víctor G. Núñez, Professor Associat – Departament de Ciències Polítiques i Socials, Universitat Pompeu Fabra Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

  • Evolucionando día a día

    Evolucionando día a día

    Y finalmente pasamos de nuevo por el hospital. Conocí al famoso cirujano maxilofacial que tiene la característica de poder realizar sus vacaciones, sin que tenga sustituto en el servicio. Así pues, queridos amigos, si os tenéis que «romper la cara» no lo hagáis a finales de julio o principios de agosto, porque lo pasaréis mal, pasaréis peor.
    El buen hombre, no quiere aún descartar la necesidad de intervenir quirúrgicamente. Quiere ver nuevas imágenes (TAC) que ofrezcan información de cómo está evolucionando la caída (desalineación) de la órbita ocular derecha, ya que sigo sufriendo diplopía (visión doble) si bien ahora ya, es periférica y me afecta menos en el día a día.
    Para entenderlo, un ejemplo: Si yo fuera ciclista que suele tener una postura corporal inclinada hacia adelante y mira subiendo la mirada hacia la frente, vería doble imagen en la carretera y con una de las dos imágenes inclinada hacia la izquierda. Mientras que, si mirara sin mover la cabeza, un supuesto GPS en el manillar, lo vería perfectamente, ya que lo estaría mirando sin «alzar» la mirada.

    En cualquier caso, ya estoy autorizado a dormir de nuevo con la máquina CPAP y esto solo es una excelente noticia. Solo yo, en relación con la imposibilidad de dormir, puedo saber lo que he pasado estos 49 días.

  • Eclipse Luna-Venus

    Eclipse Luna-Venus

    Había algo detrás de las nubes. Fotografiar el cielo en pleno día, siempre tiene sus dificultades. Tras una inspección minuciosa, pudieron ver que se trataba de la Luna , que ayer al mediodía era difícil de ver sobre el pequeño pueblo de Cessy , Francia . Pero pronto, se dieron cuenta de que no solo era la Luna . Como anunciaban las efemérides astronómicas, un punto brillante debía aparecer detrás de la Luna: el planeta Venus, mucho más lejano, pero más brillante.
    Capturados en una única exposición, ambos astros se mostraban en fase creciente.
    La luna creciente era bastante tenue y difusa a consecuencia de la nubosidad y vapor atmosférico, con solo un 10% de su superficie iluminada por el Sol . En contraste, la fase creciente de Venus era más completa, mostrando alrededor del 25% de iluminación. Además Venus aparecía más brillante porque está más cerca del Sol y porque sus nubes son más reflectantes que la oscura superficie lunar .

    Cuando ocurre una ocultación de Venus por la Luna, el eclipse, es visible solo desde un 10% de la Tierra aproximadamente, y además en esta ocasión, ese diez por ciento estaba iluminado por la luz diurna (era de día).

    Fecha: September 15, 2026
    Crédito & Copyright: Arnaud Mariat
    Autores & editores: Robert Nemiroff, Jerry Bonnell, Cecilia Chirenti, Keighley Rockcliffe
    Un servicio de: ASD at NASA / GSFC, NASA Science Activation & Michigan Tech. U.

  • agua lleva

    agua lleva

    Cuando digo que lo que realmente me da miedo, no es la Inteligencia Artificial, sino la estupidez natural, sé que me hago pesado por lo frecuente de la frase. Pero es que me resulta inevitable. Circula un discurso, no sé si suficientemente fundamentado o no, pero sin duda interesado, dirigido a crear una psicosis social de miedo apocalíptico. En la cultura española hay un refrán apropiado: «Cuando el río suena, agua lleva».
    Acudir a un refrán popular, puede que parezca poco intelectual, pero lo que no es, sin duda, es un error. Hay más sabiduría de lo que parece en la sabiduría popular. Y por eso y otros argumentos de peso, a mi jamás se me ocurriría poner en duda lo peligroso que es el juguete y algo debe haber ocurrido y que difícilmente sabremos, para que los agentes más importantes de este asunto, se hayan puesto de acuerdo para lanzar una alerta. OpenAI, Anthropic, Google(DeepMind), Meta e incluso la china DeepSeek, levantan al unísono la bandera roja de la alerta. Según ellos, la velocidad con la que evoluciona esa tecnología, empieza a ofrecer la misma impresión que la que tiene un conductor cuesta abajo, cuando se da cuenta de que el acelerador ha quedado trabado y los frenos se muestran ineficaces.
    Esto es lo que a veces cuesta entender: No es el niño que han creado, lo que les resulta aprensivo, sino la velocidad con la que ha aprendido a caminar, hablar, montar en bici, etc.
    Su pregunta clave es: ¿Lo podremos seguir controlando?
    Y es entonces cuando ocurre algo que, no recuerdo haya ocurrido nunca antes en la historia: Empresas que mueven capitales enormes, y cuya competencia es feroz, proponen y acuerdan un frenazo, para repensar la futura trayectoria.
    Y es en este punto cuando entra en juego la más que manida (y demostrada) estupidez humana. Y esta vez cristaliza en un tipo despreciable, egocéntrico y cuyo lema es «America First» lo cual, en el idioma de los que comprenden, no siginifica otra cosa que «Donald First». Y cristaliza mostrando una oposición radical contra la desaceleración del desarrollo de la Inteligencia Artificial. ¿Su razón? —No tiene otra; solo que puede poner en peligro la supremacia tecnológica de ese «prado de paz» que son los Estados Unidos.
    Esa mente enferma, en un cuerpo ya gastado, sigue siendo el auténtico peligro apocalíptico que soportamos.
    Que sus procesos biológicos, nos concedan paz, cuanto antes. Un deseo poco elegante que no tengo reparo en confesar.
    ¿Quieres ofrecerme tu opinión al respecto?

  • El queso y nuestros ancestros.

    El queso y nuestros ancestros.

    A nuestros antepasados neolíticos les encantaba el queso


    Créditos de la Imagen: Azzedine Rouichi / Unsplash., CC BY-SA
    En el mundo, hay una enorme variedad de quesos.

    Autoría: Cláudia F. Lopes Gomes, Universidad Complutense de Madrid; César López-Matayoshi, Universidad Complutense de Madrid; Juan F. Gibaja, Institución Milá y Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF-CSIC) y Sara Palomo Díez, Universidad Complutense de Madrid

    Entrar hoy en un mercado de la cuenca mediterránea es observar una gran diversidad de quesos: desde el manchego curado, al limiano, el feta o el pecorino. Esta riqueza gastronómica es el resultado de una paradoja evolutiva fascinante. Si viajáramos al inicio del Neolítico, descubriríamos que aquellos primeros pastores que comenzaron a ordeñar cabras y ovejas podían haber sufrido fuertes dolores de estómago si bebían leche. Eran, genéticamente, intolerantes a la lactosa, un tipo de azúcar presente en la leche y otros productos lácteos.

    Para desentrañar esta aparente contradicción, nuestro estudio multidisciplinar, una colaboración entre la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Peruana Cayetano Heredia, ha cruzado los datos de la arqueología tradicional con los últimos avances en genética de poblaciones antiguas.

    Nos propusimos medir con precisión el mapa de la tolerancia a la lactosa en la prehistoria europea y entender qué impulsó a la humanidad a abrazar el pastoreo antes de que nuestros cuerpos estuvieran preparados para ello.

    El archivo genético: ¿qué sabíamos hasta hoy?

    La capacidad de digerir la leche depende de la enzima lactasa, cuya actividad prorrogada en la edad adulta –llamada “persistencia de la lactasa”– es regulada por una mutación en el gen LCT. En las últimas décadas, la ciencia ha analizado muestras de ADN antiguo de cientos de individuos repartidos por todo el continente y los datos acumulados hasta la fecha muestran un panorama muy claro.

    Durante el Neolítico temprano y medio, la información genética que permite seguir procesando la lactosa tras el destete era prácticamente inexistente. En las grandes bases de datos arqueogenéticas, que abarcan desde el norte de Europa hasta el sur peninsular, la inmensa mayoría de los individuos analizados presentan el genotipo ancestral de intolerancia a la lactosa o hipolactasia.

    La mutación genética que permitía que la lactasa degradara la lactosa era una rareza extrema. Se estimaba que la presión selectiva a favor de este gen no comenzó a generalizarse hasta la Edad del Bronce, miles de años después de que las vacas y las ovejas formaran parte de la vida cotidiana.

    Entonces, ¿por qué insistir en una fuente de alimento que provocaba malestar? La respuesta no está en nuestros genes de entonces, sino en las vasijas de barro.

    La tecnología prehistórica que salvó vidas

    Las conclusiones de nuestro estudio refuerzan una hipótesis clave: la cultura y la tecnología avanzaron mucho más rápido que la evolución biológica. Mediante el análisis de residuos en fragmentos de cerámica prehistórica, se ha demostrado que estas comunidades procesaban la leche de forma sistemática.

    Al transformar la leche cruda en queso o yogur a través de la fermentación, conseguían eliminar la mayor parte del suero, que es donde se concentra la lactosa.

    El producto resultante no solo era perfectamente digerible para un individuo con hipolactasia, sino que además se convertía en un alimento imperecedero, rico en grasas y proteínas, que podía almacenarse para los meses de invierno. El pastoreo no se abandonó porque el queso funcionó como una barrera tecnológica que neutralizaba el problema digestivo.

    Sin embargo, nuestra investigación en la región de los Pirineos aporta una pieza inesperada al puzle. Al estudiar los restos óseos de una necrópolis de montaña, detectamos la presencia de la información genética responsable por la persistencia de la lactasa en un individuo en una época mucho más temprana de lo habitual para estas latitudes.

    Esto nos indica que la mutación ya circulaba de forma minoritaria por las rutas migratorias europeas, mucho antes de que se produjera el gran boom demográfico de la tolerancia.

    Del Neolítico a la cultura del queso mediterránea

    Todo este proceso evolutivo tiene un reflejo directo en la geografía médica y cultural de la Europa actual. La persistencia de la lactasa no se distribuye de forma homogénea: mientras que, en los países escandinavos, más del 90 % de la población adulta puede beber leche sin problemas, en la cuenca mediterránea los niveles de intolerancia son notablemente más altos, situándose en muchas zonas entre el 30 % y el 50 %.

    Esta diferencia no es casual. En el norte de Europa, donde las condiciones climáticas dificultaban la agricultura estacional, la presión de la selección natural fue feroz: la leche cruda era un salvavidas líquido en periodos de hambruna, lo que puede haber acelerado la propagación del gen de la tolerancia.

    En cambio, en el Mediterráneo, la abundancia de otros recursos alimentarios y, sobre todo, el desarrollo temprano de una maestría insuperable en la elaboración de quesos y derivados lácteos fermentados hicieron que tener el gen de la tolerancia no fuera una cuestión de “vida o muerte”.

    Por eso, la fuerte tradición quesera del sur de Europa no es una simple preferencia culinaria moderna. Es la herencia directa de una estrategia de adaptación prehistórica, el testimonio vivo de cómo nuestros antepasados modificaron su entorno y sus recetas para sobrevivir cuando sus cuerpos aún no estaban listos para digerir la leche.

    Eulàlia Subirà y Gerard Remolins han colaborado en la investigación y en la elaboración del presente artículo.The Conversation

    Cláudia F. Lopes Gomes, Assistant Professor at Faculty of Medicine, Universidad Complutense de Madrid; César López-Matayoshi, Investigador del Departamento de Medicina Legal, Psiquiatría y Patología, Universidad Complutense de Madrid; Juan F. Gibaja, Researcher in Prehistory, Institución Milá y Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF-CSIC) y Sara Palomo Díez, Profesor Ayudante Doctor Genética Forense, Universidad Complutense de Madrid  Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

  • Lenguas

    Lenguas

    ¿Acaso te creías que íbamos a ser originales en algo? —No hombre, no. Ni en los toros ni en la tan cacareada diversidad lingüística. No somos únicos, ni por asomo.
    Eso sí: donde unos ven y están convencidos de sus riquezas culturales, otros lo convertimos en una especie de deporte de combate, poco dispuestos a ceder nada y a entorpecerlo todo.

    Aunque el país es lingüísticamente muy homogéneo (más del 98% de la población habla japonés estándar), la geografía montañosa e insular dio lugar a una enorme diversidad del habla local.

    1. Lenguas indígenas e independientes

    Aparte del japonés, la UNESCO reconoce otras lenguas autóctonas que no son dialectos del japonés, sino idiomas distintos en peligro de extinción:

    • Idioma Ainu: Lengua aislada (sin emparentar con el japonés) hablada históricamente por el pueblo ainu en la isla septentrional de Hokkaidō.
    • Lenguas Ryukyuenses:Familia de 5 a 6 lenguas distintas (como el okinawense, miyako, yaeyama, etc.) habladas en las islas del sur (Okinawa).Aunque emparentadas con el japonés en la familia japónica, son ininteligibles entre sí y con el japonés estándar.

    2. Principales grupos dialectales del japonés (Hōgen)

    El japonés continental se divide comúnmente en varios grandes bloques geográficos:

    Grupo DialectalRegión PrincipalCaracterísticas Destacadas
    Tōkyō / Kanto-benTokio y alrededoresEs la base del Japonés Estándar (Hyōjungo) utilizado en la educación y los medios.
    Kansai-benOsaka, Kioto, KobeFamoso por su entonación melódica, léxico propio (p. ej., Akan en vez de Dame) y su presencia en la comedia.
    Tōhoku-benNoreste de HonshuNotorio por acortar palabras y su pronunciación «arrastrada» (a veces llamado cómicamente Zūzū-ben).
    Kyūshū-benIsla de Kyūshū (Fukuoka, Kagoshima)Usa partículas gramaticales distintas y variaciones como el Hakata-ben.
    Chūgoku / Shikoku-benOeste de la isla principal y ShikokuMuestra influencias intermedias con terminaciones verbales características.

    No existe ninguna ley constitucional ni estatuto legal escrito que declare expresamente el japonés como la «lengua oficial» (Kōyōgo) de Japón.

    Sin embargo, el japonés es la lengua oficial de facto del país. Toda la legislación, las resoluciones judiciales, el sistema educativo, los trámites administrativos y las comunicaciones del gobierno se realizan exclusivamente en japonés (concretamente en Hyōjungo o japonés estándar).

    Existen dos excepciones locales con cierto reconocimiento administrativo:

    • Prefectura de Okinawa (Islas Ryukyu): Aunque la administración funciona en japonés, el gobierno local y diversas iniciativas regionales protegen y promueven las lenguas ryukyuenses como patrimonio cultural.
    • Isla de Hokkaidō: La legislación nacional contempla la Ley de Promoción de la Cultura Ainu, mediante la cual el Estado financia la preservación y enseñanza de la lengua ainu, aunque no tiene estatus de cooficialidad administrativa.

    En resumen: Problemas, pocos. Pamplinas; menos aún. Pragmatismo y practicidad al ciento por cien.
    Deberíamos aprender (y esto es una opinión totalmente personal) que cuando una lengua está próxima a su desaparición, no es a consecuencia de ataques exteriores. Los usos y costumbres mandan, siempre. Muere por inacción, por desuso. Que se promuevan iniciativas en pro de guardar su memoria y evitar su desaparición de los registros es algo bueno y deseable, pero tratar de imponer su uso, es algo «contra natura»
    Dejarla morir en paz, preservando su recuerdo.